Os ofrecemos el libro que la editorial PPC ha puesto ya a vuestra disposición en las librerías.

En Málaga podéis encontrarlo en la librería Renacer (C/ Carretería, 67) y la librería Diocesana de Catequesis (pie de la torre de la Catedral).

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La Palabra precede, la escucha precede, a la toma de opciones fundantes de la existencia: los discípulos primero oyeron sus palabras, y después siguieron a Jesús.

Afirmar que Jesús es la Palabra de Dios hecha carne, nos sitúa en el centro no sólo de la Biblia, sino de toda la vida humana.

Es cierto que esta Palabra la mataron, pero Dios ratificó su camino resucitándole de entre los muertos, y así lo ha hecho principio de diálogo y salvación para todos los hombres.

Jesús pregunta, pero más allá de la pregunta nos encontramos con un anuncio inicial: “este es el Cordero de Dios” (Jn 1,35), y después sigue un deseo de búsqueda que Jesús sabe interpretar: “¿Qué buscáis?” Una pregunta que desvela el deseo de estar con Jesús, en este caso por parte de los dos hermanos, pues ellos responden: “¿dónde vives?”, a lo que sigue la invitación explícita por parte de Jesús: “Venid y lo veréis” (v 39).

La fe nace de un encuentro en el que Jesús toma la iniciativa. Porque Dios en la Biblia no es silencio, sino que desde el principio hasta el fin es Palabra que se encarna y extiende en la palabra-vida de los hombres. Estamos invadidos por palabras particulares, desiguales, pero es posible la comunión universal por la Palabra encarnada, nacida y resucitada. Desde entonces los hombres sólo vivimos por donación gratuita y creadora de unos a otros, es decir, por la palabra compartida. Aquí en esta llamada de los primeros discípulos, (v. 35-42) se nos muestra esta metanoia (transformación) realizada en aquellos discípulos, que, sin saberlo, se encontraron  con una Palabra-comunicación de Dios que les llevó a una mutación de la vida radical.

Jesús, sin imposiciones, nos hace la oferta en la Palabra, y al recibirla resucita a aquellos que la acogen. Desde entonces los hombres y las mujeres somos Palabra en Dios, pues de ella hemos nacido y en ella somos en Cristo. La conclusión es clara: si esto es así, los cristianos debemos cultivar en la práctica el diálogo concretado en la mutua escucha, de forma que esta condición del hombre, como ser de palabra compartida, nos da nuestra identidad.

Nosotros dependemos de lo que nos han dado y , por nuestra parte, damos a los otros.

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Llamada a la unidad: Un Señor, una fe, un bautismo (Ef 4,2-7)

Siempre que escuchamos el Evangelio, no podemos olvidar que éste nace y va dirigido a la comunidad concreta a la que le habla, hoy a la nuestra.

A la iniciativa de Cristo resucitado, que “se deja ver” en las apariciones pascuales ofreciendo su gracia salvífica (irrupción de Cristo en ocasiones traumática, como en san Pablo), corresponde una transformación radical del sujeto, que es cuestionado por Cristo y acoge en la fe esta elección de Dios. Has sido elegido por Dios en Cristo gratuitamente. Tú, creyente, estás justificado y vives desde entonces la experiencia exaltante del bautismo y del Espíritu. Has renacido como criatura nueva, reviviendo la misma experiencia pascual de Cristo, al llegar a ser hijos de Dios en el Hijo.

Esta experiencia se expande necesariamente en la vida comunitaria, porque todos nosotros somos uno solo en Cristo (Gal 3,28). Esta es la experiencia de la comunidad profundamente histórica, tensa, imperfecta, con problemas pastorales que a veces hacen sufrir a la comunidad, como lo vemos en Corinto, pero vive en el misterio de Cristo, porque la comunidad es su cuerpo. Vivimos así nuestra experiencia comunitaria en la vida cotidiana de cada hermano que debe caminar en el Espíritu  (Gal 5,25-9).

¿Qué puede significar para nosotros en la vida concreta de nuestra comunidad la celebración del Bautismo del Señor? San Pablo lo concreta: “Sed humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzándoos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz, un solo cuerpo y un solo Espíritu como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos y está en todos. A cada uno se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo”. Se nos llama a mantener la paz, tanto corporal como espiritual, es decir, la unidad…

El bautizado confiesa que ha muerto con Jesús y se inserta, se injerta, en la entrega de Jesús hasta la muerte, como principio de reconciliación, y de este modo supera un tipo de lucha, de todos contra todo, propia del mundo que camina hacia la muerte.  Esta tendencia a la ruptura ha de ser superada a través de un cambio interno y comunitario, o metanoia. Quien no supere de esta forma su violencia no puede ser cristiano.

El bautizado entra en la muerte de Jesús, de forma que deja de existir aislado y empieza a ser un grupo o comunión de renacidos en amor, no sólo en el Espíritu de Dios, sino en el agua, carne de la vida (1Cor 12,14). Porque el bautismo cristiano es revelación de Dios y de filiación, como el de Jesús, que escucha la voz de Dios que le dice: “¡Tú eres mi Hijo, en quien me he complacido!”, es un nacimiento en gracia y filiación divina. La filiación de Jesús ha llegado a todos los creyentes, integrados en su misterio de unidad: “derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad”. ¿Qué comunidad cristiana puede existir sin este vínculo de unidad y amistad hasta la muerte? El tema de fondo es el cumplimiento de la unidad de todos los hombres en Cristo.

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Jesús no juega a disfrazarse y le interesamos, se nos manifiesta y hace presente en el rostro de tantas personas que nos sorprenden y en las que, si tenemos el corazón dispuesto y los ojos abiertos, podemos descubrir el rostro de Jesús . No le vamos a descubrir en nuestras casas calentitos y cómodos…. sino allí donde huele a “pobre”, en los márgenes de Belén… y esta experiencia es la que también recuerdo de estos días de Navidad, llevando a zonas marginales de Málaga, alimentos y juguetes, en esos sitios donde el corazón se inquieta y da miedo visitar por la fama que tienen, donde la clase social es baja, donde hay drogas y donde el peligro es mayor, como es La Palmilla… pero allí es donde está el Belén hoy, donde nace Jesús…en esos márgenes de la sociedad, donde huele mal…. como en el pesebre…. y, tras la visita, te das cuenta que, ese es el mejor lugar donde podías estar, junto al necesitado, porque el Señor te regala esa alegría de haberle descubierto en el corazón agradecido del que recibe tu ayuda…., esa es la gloria de Dios…. El que te da la fuerza e impulso para, simplemente “estar cerca” y continuar su historia en lo más humano de la historia…

Además agradecida porque Dios se fijara en una mujer para llevar a cabo la salvación del mundo en su Hijo…el experimentar el hecho de ser mujer y ser madre, hace que me identifique con María, con lo que significa a nivel biológico un embarazo y el engendrar a un nuevo ser, además de tener la confianza puesta en el Señor de que todo saldrá bien y que he sido portadora de su obra creadora, fruto del amor…

Este tiempo de Navidad está siendo muy intenso y el Señor me llama a detenerme en lo sencillo del día, sin pretensión alguna a recuperar la alegría que da el estar a su disposición, el seguir caminando desde el encuentro con Él y sobre todo, una experiencia agradecida por lo que nos regala, porque la vida cobra sentido y me doy cuenta de ello en mensajes que recibo de gente agradecida ,en concreto de mujeres que han estado al borde del suicidio, víctimas de la violencia de género, analfabetas, huérfanas, sin estudios, con cargas familiares y que, un día el Señor las puso en el camino y hoy sonríen agradecidas y de las que recibo mucho más de lo que les haya podido dar…

Mensajes como este: “Gracias a ti por todo lo que aportas a mi vida. Por darme esperanzas y fuerzas para luchar. Le doy gracias a la vida por conocerte y haberte puesto en mi camino. Por todo eso quiero decirte que te quiero mucho. Y deseo que este 2021 sea el mejor de tu vida, que la vida te otorgue todo lo que te mereces como persona, porque te mereces todo lo bueno de este mundo”

Sé que sin el Señor, esto no sería posible, sin Él, estaría en mi casa tranquilita, con mis niñas, mi marido, mi tiempo…. mi, mi, mi, mi Y el Señor nos pide salir, ir a los márgenes, oler y tocar pobre, estar, acompañar, crecer y avanzar en la misión desde la oración.

Estos son algunos de los regalos que presento en el pesebre, ahora que celebraremos la venida de los Reyes Magos… mi regalo al niño es la disponibilidad y los dones puestos al servicio del Reino, sin pretensión alguna de esperar agradecimiento, reconocimiento… ni nada, pidiéndole solamente, que me siga abriendo los ojos para en todo reconocerle y amarle.

Cynthia Grajal

En la Palabra podemos descubrir nuestro sentido y futuro, por tanto nuestra esperanza.

Lo nuestro en este tiempo de Navidad, especialmente, es vivir este acontecimiento como María, “que conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.

Meditamos que Dios no juega a disfrazarse de lo humano, se engendró en el vientre de una mujer: “Tu, ad liberandum suscepturus hominem, no horruiste Virginis uterum” (Tú, para liberar al hombre, aceptaste la condición humana sin desdeñar el seno de la Virgen). Sin la mujer no se lleva a cabo el plan de salvación de Dios.  Dios pensó en el sexo de una mujer. El Padre, al pensar en ese Adán cuya naturaleza asumiría su Hijo hasta la muerte más dolorosa, no podía dejar de pensar al mismo tiempo en la que sería su primera residencia: el útero de la Virgen. Es cierto que la traducción adorna, como queriendo ocultar la palabra útero: tú no tuviste miedo de tomar carne del cuerpo del útero de una virgen, pero en él se hizo carne el Verbo en la Anunciación. Ese fue su paraíso terrenal. Fue el sexo de una judía, ese espacio tan reducido, el que estrecha a Aquel que no puede ser contenido en el universo.

Hoy al meditar y contemplar, como el apóstol san Juan, que “por medio de Él se hizo todo y que este Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”, quedamos desconcertados al saber que María, en su vientre, calienta la Palabra creadora, y que esta Palabra se revela en el llanto de un niño. Esto es sencillamente escandaloso, no es fácil de asumir, por no decir imposible. Por eso no toca nada más que adorar y confiar.

La Iglesia desde el siglo VII, en su liturgia, no tiene palabras para exclamar: “¡Oh amplitud inefable!”, “María de la O”. Así la profundidad del sexo, rahamim, entrañas maternales, es poder dar carne a las profundidades de Dios. El sexo acoge ese doble abismo: la Alegría y la Cruz; la alegría como fruto de la cruz: ”Y a ti, una espada te atravesará el alma” (Lc 2,35). María escoge lo inesperado de cada nacimiento, de este preciso nacimiento, no para tener un superhombre, sino para tener al Crucificado.

Jesús no juega a disfrazarse de lo humano, no toma formas aparentemente humanas para simular que se preocupa de nosotros, que le importamos, que le interesamos. La Palabra se hace carne, se hace hombre, pisa barro, se hace historia en lo más humano de la historia, como es la pobreza de la marginación de Belén, y ahí proclamamos, sin escandalizarnos, la manifestación plena de la gloria de Dios.

Y ahora meditemos que la materia ha llegado a tomar conciencia de sí misma en este ser que somos los humanos, y que nos ha conducido a esta maravilla mental de conocer y admirar, preguntar, buscar y sentir.

Sí admiramos la grandeza de la creación y de todo lo que la rodea, “por medio de él se hizo todo”, y sentimos nuestra pequeñez y fragilidad dentro de él.

Vivimos la atracción de la belleza, y al mismo tiempo vivimos la angustia que nos provoca la limitación al no poder realizar nuestro deseos. Sí, ahora, en medio de la pandemia, experimentamos que la mayor angustia es la experiencia de vernos retornar a las dimensiones iniciales del humus del que estamos hechos. Somos barro, de él venimos y a él vamos, pero la realidad, la materia, no es comprensible sin la Palabra. La Palabra, el Logos, lo fundamental del mundo, de la vida y de la humanidad, está preñado de razón, dirección y futuro. Dentro de la materia, ya desde el inicio, hay una Palabra que forma parte del cosmos y le hace ser, dirigirse, buscar y acercarse a lo que sería la realización de la promesa. La historia del mundo (13.800 millones de años), tiene su sentido en la Palabra encarnada en signos y en hechos que es necesario escuchar y comprender. Son palabras naturales y sencillas, todo el mundo puede escucharlas y entenderlas, si uno se para y presta atención, porque al final esa Palabra se hace tan humana, cercana y comprensible, que ella misma adquiere las dimensiones materiales de la humanidad. No es una Palabra abstracta, sino Alguien con quien nos apasionamos y entusiasmamos. Y esta Palabra encarnada en Jesús la llamamos Cristo, y expresa nuestro convencimiento de que es la Palabra que siempre ha estado actuando de un modo sutil (encarnado) y en la que podemos descubrir nuestro sentido y futuro, por tanto, nuestra esperanza. Por esto, feliz Navidad.

Francisco Cano.

Fin de año 2020

Terminamos este año en un clima familiar, si bien la distancia física no nos permite celebrarlo en la intimidad de la relación. Esta celebración última del año, estas últimas horas, no queremos que sea la última hora, aunque sí lo es de un año que termina. Nos hemos reunido para celebrar estas últimas horas en clave de esperanza. Nos reunimos para dar gracias por lo vivido en este año, para reflexionar y para rechazar, como dice Teilhard de Chardin: “todo cuanto nos deprima o inquiete”, porque es falso. “Te lo aseguro en el nombre de las leyes de la vida y de las promesas de Dios. Por eso cuando te sientas apesadumbrado, triste, adora y confía”.

Venimos a adorar y confiar. Esto es lo que nos pide el nacimiento de Jesús. No queremos inquietarnos por las dificultades de la vida, por sus altibajos, por sus decepciones, por su porvenir más o menos sombrío. Quiere, queremos, lo que Dios quiere.

Venimos a ofrecer y dar gracias en esta celebración. A ofrecer, en medio de las inquietudes y dificultades, el sacrificio de nuestras almas sencillas que, como los pastores o los magos, adoramos y confiamos. “Poco importa que te consideres un frustrado si Dios te considera plenamente realizado, a su gusto. Queremos perdernos en ese Dios que te quiere y nos quiere para sí. Y que llega hasta ti, aunque jamás lo veas. Piensa que estás en sus manos, tanto más fuertemente cogido cuanto más decaído y triste te encuentres. Vive feliz. Te lo suplico. Vive en paz” (Teilhard de Chardin).

Es hora de hacer balance de lo vivido, reflexionar y recordar para rechazar toda nostalgia que nos paralice. Y sobre todo y ante todo, nos hemos reunido para agradecer. Sí, agradecemos todo lo vivido, todo, todo, y ponemos toda nuestra confianza en lo que ha de venir.

Te ofrecemos lo que de ti hemos recibido y queremos darte gracias, y poner toda nuestra confianza en Ti, en tu palabra, en tu providencia.

A la luz de la Palabra se nos regala lo que deseas: vive en paz. Que nada nos altere. Que nada sea capaz de quitarnos la paz. Ni la fatiga psíquica. Ni tus fallos morales.

El Señor desde Belén nos dirige una dulce sonrisa, reflejo de la que el Señor continuamente te dirige. Y en el fondo de tu alma coloca, antes que nada, como fuente de energía y criterio de verdad, todo aquello que te llene de la paz de Dios.

Ha podido ser un año para sentirte apesadumbrado, triste, por esto hoy venimos a adorar y confiar.

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¿De qué familia hablamos?

¿Qué ha pasado para que el niño educado en la santidad del Templo y de la ley se transforme en el hombre adulto que entró en conflicto mortal con los sacerdotes? Jesús tuvo una experiencia religiosa profunda y determinante que le hizo pasar de una familia convencional nacional judía a la familia postconvencional: “mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”.

Esta revolución no se hace si no es con la fuerza del Espíritu. Todos nacemos dentro de unas tradiciones que nos marcan con pautas de comportamiento, pero Jesús no quedó atrapado por las tradiciones religiosas de su pueblo (convencional). Jesús nació y fue educado en la religión de sus padres (como todos), en la cultura y en las tradiciones de Israel, y así fue un niño integrado en las costumbres seculares de su pueblo. Nuestra experiencia es que estas tradiciones nos marcan de una forma definitiva. Esto es lo que le ocurrió a Jesús en su niñez y adolescencia. ¿Esto es inamovible? En Jesús no fue así. Pasó de la familia convencional judía, a la familia en la que “mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra”. La familia tradicional judía lo tildó de loco: “ha perdido el juicio”. “Sus parientes lo buscaron y fueron a hacerse cargo de él, pues decían: «Está fuera de sí»” (Mc 3,21).

Jesús dio un cambio asombroso en su vida cuando se replanteó y repensó muchas de estas tradiciones, y pasó de la observancia, de los rituales, a poner el centro en el sufrimiento de las personas: “quien no ama al prójimo al que ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (Jn 4,20). Pasó del culto a Dios en el templo, al culto a la persona humana, templo de Dios.

Sorprende el cambio asombroso que tuvo que vivir Jesús para dar a su vida un giro tan radical. Lo afirmamos porque Jesús, en su ministerio público, orientó su vida y sus enseñanzas según criterios muy distintos de los que muestran las narraciones de su infancia que nos hacen los evangelios (consagración en el templo de los hombres, la necesaria purificación de las mujeres que tenían hijos, las ofrendas a los sacerdotes, la gloria de Israel sobre las demás naciones, la concepción de la vida santificada desde el templo y el culto religioso…). Esto nunca lo enseñó Jesús. ¿Por qué cambió Jesús los rituales religiosos? Porque trataban de reducir nuestra relación con Dios a la observancia de rituales. En Jesús se da un cambio profundo que sólo pudo hacerlo la fuerza del Espíritu de Dios. Sólo quien ha dado este cambio profundo puede entender que el matrimonio cristiano sea postconvencional. ¿Acaso no nos encontramos con personas que son “muy religiosas” y que se desentienden del sufrimiento humano? Matrimonios encerrados en sí mismos. Son observantes, pertenecen a grupos cristianos, dan una aportación económica a Cáritas, pero su vida no está entregada a la causa del Reino. “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y el resto se os dará por añadidura” (Mt 6,33). Más bien, hemos escogido “las añadiduras”, pero no lo importante, no los valores del Reino, sino nuestras necesidades…

Jesús nos muestra cuál es la experiencia religiosa profunda y determinante que le hizo cambiar sus criterios: lo que santifica a los seres humanos es su forma de vivir, su bondad, su honestidad, y sobre todo su fidelidad a lo que Dios quiere. ¿Qué es lo que Dios quiere? Que seamos humildes y cercanos a todos nuestros semejantes, sobre todo a los que más sufren. Nuestros matrimonios cristianos, llamados a crear una familia, iglesias domésticas, encuentran aquí su grandeza y misión.

Una familia cristiana es, en su esencia, postconvencional. Es una “iglesia doméstica”, que vive abierta a la construcción del Reino. Hoy es urgente esta toma de conciencia de que no es una nueva forma de vivir la Iglesia, sino que es volver a los orígenes. En el Concilio Vaticano II (LG 11) encontramos la referencia a la “Iglesia doméstica”, y lo más sorprendente lo encontramos recientemente en el Papa Francisco (AL 67): “Los esposos son consagrados y, mediante una gracia propia, edifican el Cuerpo de Cristo y constituyen una iglesia doméstica, de manera que la Iglesia, para comprender plenamente su misterio, mira a la familia cristiana, que lo manifiesta de modo genuino”. Dice que la Iglesia mira a la familia cristiana “para comprender su misterio”. Bien creo que se puede decir que mientras el matrimonio cristiano no ocupe su puesto en la Iglesia y en la sociedad, la Iglesia no puede cumplir su misión. Entonces y sólo entonces el clericalismo será cosa del pasado. ¿Qué puesto es el que tiene que tener el matrimonio cristiano en la Iglesia?

La crisis actual puede ser transformada en una oportunidad para no volver a lo de siempre, manteniendo un modelo de matrimonio que no sirve al mundo de hoy, y en el que la Iglesia no puede comprender su misterio. Este cambio es radical, el matrimonio cristiano, la familia cristiana, la iglesia doméstica, se entiende desde una  unión vocacional, se realiza desde la fe y es sellado con un sacramento para vivir desde el respeto y el amor incondicional entregando su vida por amor. Sí, hablamos de la Sagrada Familia, y lo es en cuanto constituye una “iglesia doméstica”. Las parroquias por sí mismas, no crean iglesias domésticas, sino que las iglesias domésticas son las que crean las parroquias. Antes conversos, creyentes, y después, iglesia de conversos: “y dejándolo todo, lo siguieron”. Matrimonio postconvencional (Lc 5,11).

Francisco Cano.

Esta tarjeta de Navidad de la Comunidad Asís la ha creado nuestro hermano Roberto, desde la experiencia de haber sufrido la pérdida de su esposa este año, después de haber cuidado de ella durante muchos años con una enfermedad degenerativa, dejando todo a un lado para dedicarse a ella. En ella ha querido representar la soledad y las personas que ya no están en esas mecedoras vacías en torno a Belén. Pero… en el silencio de Belén, Dios habla.

Estamos celebrando el nacimiento de Jesús todos los días, y esto es un don, por ello nos preparamos pidiendo lo que no tenemos: la profundidad, la comprensión integral de lo que va a suceder, de lo que está sucediendo.

Lo que está sucediendo

Observamos lo que está sucediendo en nuestra vida ordinaria y al lado nuestro: familias sin hogar, con falta de alimentos, con falta de acogida, de conocimiento de lo que viven, niños que nacen en la pobreza, padres que se afanan por dar de comer y que a sus hijos nos les falte lo necesario, de emigrantes que no encuentran acogida, personas que están en un país que no es el suyo, dificultad de comunicación por falta de conocimiento del español, aislamiento y temor por ser rechazados, vida en ocultación porque están sin papeles, inseguridad ante el futuro, dificultades de relación, falta de conocer su historia, su éxodo de los pueblos, países del que proceden, la explotación por la mafias, el sufrimiento por alejamiento de sus seres queridos, esposas, hijos, familia, amigos, y a mujeres solas con sus niños que han sido abandonadas por sus maridos. Y a esto le sumamos el sufrimiento por el Covid del que hemos reflexionado a lo largo de este adviento de una forma especial.

Conocemos las luchas de tantas personas, y nosotros con ellos, por encontrar soluciones a sus problemas. Conocemos sus vidas y sus historias, pero, sobre todo, no son emigrantes, pobres, marginados, etc., son personas que han sufrido injusticias, y las siguen sufriendo, y mantienen la esperanza de poder encontrar una vida digna y justa.

Nosotros, los creyentes en Jesús, nos preparamos a su nacimiento desde la vida de estas personas y pedimos poder contemplar el Misterio que nos ayude a ver la realidad desde los ojos de Dios, del Niño que nace y se nos entrega “puer natus et filius datus” (Is 9,6), que ha asumido toda esta realidad existencial desde el principio.

La Navidad es un momento privilegiado para ahondar en el don de la fe y sentir la pasión y el enamoramiento por este Niño que es nuestro Dios. Nosotros nos hemos entusiasmado con el seguimiento de Jesús, queremos ser apasionados, pero con un deseo intenso no es suficiente, porque nuestra libertad está atacada por los instintos del ego, profundamente arraigado en la naturaleza humana.

Lo que va a suceder

Un Niño, hijo de José y María, nace en pobreza. Para que podamos crecer en el amor a Él, y en el servicio a nuestro mundo que nos necesita, hay que distinguir hacia dónde nos van conduciendo nuestras decisiones cotidianas: si por la vía de Dios o por el engorde del ego.

En este tiempo de preparación a la Navidad hemos orado, reflexionado  y comunicado, llegando a la conclusión de que, desde el nacimiento de Jesús, el juicio definitivo es el de la positividad: La Buena Noticia; y esta es: “No temáis os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo…”  Desde entonces vivimos esperanzados, porque la conclusión para todo hombre de bien es poner la vida en lo que no es renunciable: bondad, belleza y utilidad. Buscar siempre el bien es constructivo, no culpabiliza y anima a caminar con renovado entusiasmo. Jesús no condena, siempre perdona y abraza. “Ha aparecido la bondad y la ternura de Dios a la humanidad”.

La Navidad nos enseña a guardar silencio y contemplar la realidad con la mirada compasiva de Jesús. Este es un buen proyecto para crecer a la medida de nuestra vocación, alentados por la confianza, alegría y esperanza propias de la vida nueva del Espíritu.

Llamada a la contemplación

Por ello el nacimiento de Jesús nos llama a la contemplación. Que las distracciones propias de las fechas de Navidad no nos alejen de la posibilidad de poder volver sobre los principales misterios de nuestra fe, en este caso, la encarnación del Hijo de Dios. Tenemos delante la oferta de ir a pedir el conocimiento interno del Hijo que por nosotros nace y se hace hombre.

  • Al observar a José y a María, contemplamos la soledad que les reservó este momento de sus vidas  
  • No pudieron celebrar, como hoy tantos, la llegada de su hijo en medio de una familia numerosa, rodeados de regalos y felicitaciones.
  • Lo que se nos presenta es que sufrieron el rechazo: “no había sitio para ellos”.
  • Al contemplar a los dos solos caminando, preocupados por las malas condiciones,
  • La noche de Belén no fue una noche de ruidos, ni en la casa ni en la calle, fue un día normal de trasiego.
  • Cumplir el requisito del censo.
  • No fue una noche tranquila la de Belén para José y María ¿Cómo preparar el lugar, acoger a los pastores sorprendidos?
  • En el calor del nacimiento van encontrando fuerzas para disfrutar del momento y celebrar de manera humilde. (No estamos narrando lo que la imaginación crea, sino una realidad cruda y dura que vivieron José y María, y tantas familias que conocemos que pasan por la misma experiencia).
  • No nace Jesús en el mejor momento para que José y María puedan acogerle, pero Dios actúa en la sorpresa, no mirando lo bien preparados que estamos, sino atendiendo a la actitud de acogida.
  • En una palabra, como en muchos matrimonios, el nacimiento de Jesús pilla desprevenidos a la Virgen y a san José, pero se disponen a hacer la acogida a la Vida que se abre paso en su pequeña familia. ¿Qué nos dice?
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Este curso, dadas las circunstancias que nos impiden reunirnos presencialmente en gran grupo, nuestro retiro de Adviento lo vamos a tener por videoconferencia, lo que ayudará a abrir más si cabe la invitación para todo el que quiera unirse y participar.

Cada domingo de este Adviento, a las 11.00, tendremos una breve charla y después celebraremos la eucaristía.

Aquí os dejamos el contenido de las charlas, os recomendamos imprimir el cuadernillo y que lo vayáis meditando durante este tiempo.

Os invitamos también a compartir el contenido de las charlas con quien creáis le pueda interesar.

Para participar mandar un correo a comunidadasis@yahoo.es

Feliz Adviento 2020.

Venid, benditos de mi Padre…

Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, sed, fui forastero, estuve desnudo, enfermo, en la cárcel, y os implicasteis. ¿De verdad? ¿Qué has hecho hoy por la presencia encarnada de Jesús? A sus seguidores se les exige la atención a estos pequeños, queridos por Jesús, porque son como él mismo.

Estamos ante un Dios cuyo señorío, manifestado en Jesús Resucitado, se expresa con una claridad sin sombra alguna: el amor de Dios se manifiesta como misericordia con los que la sociedad descarta, y por tanto quien se cierra en sí mismo, olvidando al prójimo, no puede experimentar el señorío del amor por él. El amor de Dios no es arbitrario, y tengamos claro que es el ser humano quien rechazando el amor de Dios y el amor al prójimo elige su propio infierno. Infierno que no ha sido creado por Dios, sino que es obra del ser humano. Muchos infiernos hemos creado en el siglo XX y los seguimos fabricando. Carlos Díaz a los están encerrados en sí mismos los llama preconvencionales: yo+yo+yo, cierran el amor que sale de sí para encontrarse con el Otro y con los otros.

El Evangelio de hoy no hace referencia a hacer caridad o dar limosna: esos son los convencionales, la mayoría, que actúa así: yo organizo mi vida al margen del Reino, del nosotros, pero no de forma abierta, sino en mi trabajo, mi profesión, mi sueldo, mis ahorros, mi mujer, mis hijos, mi familia, mi piso, mi cuenta corriente, mis vacaciones y después… doy una limosna a las ONGs, a Cáritas…, es decir de lo que me sobra, y no todo, pero ayudo a otros. Estos son la mayoría, y además se consideran normales y buenos cristianos. Quieren, pero hasta que no puedan porque otras necesidades -no convicciones- les requieran. Quieren ser pobres pero compran el coche más lujoso, quieren estar con los que no tienen, pero tiene dos o tres casas, o al menos casa para sus vacaciones o en hoteles de cinco estrellas, quieren ser solidarios pero se gastan su dinero en coleccionar vinos de marca, o en otros gustos; esquizofrenia pura y dura (las conveniencias se cargan las convicciones).

Están también los postconvencionales, que son los que siguen a Cristo pobre y obediente, entregando a los demás su vida: cuidan y dan. Jesús hoy nos habla de tener relación con los que la sociedad descarta, no entregando tiempos parciales, voluntariados, sino la propia vida. El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío. Toda su vida está al servicio del reino.

En Asís nuestra experiencia es estar relacionados con los que la sociedad descarta para que puedan experimentar que alguien les escucha, los comprende y los ama, y de esta forma experimentan la dignidad propia del ser humano. Son cientos de hermanos nuestros los que nos hacen vivir las bienaventuranzas. Somos pecadores y no somos mejores que nadie, simplemente nos hemos dejado atraer por Jesús que nos ha llamado. Es una suerte que nos haya abierto la puerta de salvación a quienes amamos a los descartados, porque amar a los hambrientos, a los encarcelados, a los enfermos y descartados brota de la experiencia de que cada uno de nosotros hemos sido amados sin merecerlo. Esta es una experiencia fundante.

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