Os ofrecemos el libro que la editorial PPC ha puesto ya a vuestra disposición en las librerías.

En Málaga podéis encontrarlo en la librería Renacer (C/ Carretería, 67) y la librería Diocesana de Catequesis (pie de la torre de la Catedral).

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“Jesús estaba dedicado a instruir a sus discípulos. Ellos no entendían lo que decía, pero les daba miedo preguntar”.

La fidelidad de Jesús se expresa como Hijo del Padre entregado por amor a los hombres. Y lo que se deduce es: quien es amado de verdad responde amando y con amor se pone en manos de los otros para crear en y para ellos la comunidad mesiánica.

Jesús enseña a sus discípulos pero no hace teorías, no enseña verdades separadas de la vida, es su vida la que se convierte en enseñanza, pero no se impone, deja que ellos le definan, hasta que descubran la palabra clave: entrega. Sabemos que los discípulos cada vez entienden menos, hasta que desemboquen en la ruptura final y el abandono. ¿No está pasando esto hoy?

Los hombres expresan su poder matando a Jesús. Dios desvela su fidelidad al resucitarle, es decir, la forma de entender la vida y pasión de Jesús se hace desde la pascua. De forma que nosotros, que formamos su iglesia, entendemos la experiencia pascual en forma de vida compartida. Jesús no quiere penitentes sino “amigos de bodas”.

Es maestro porque tiene una enseñanza que cura, y nosotros, en la medida que aprendemos y escuchamos, sanamos también con nuestra propia vida. No hay otra enseñanza que la propia vida: enseña entregando su vida y muriendo por nosotros.

Los discípulos no entienden porque acogen su enseñanza dentro de un modelo judío de búsqueda de Reino, en plano nacional y plenitud humana. Por eso no pueden entender, saben que hay sufrimientos y dificultades, pero suponen que  al fondo está la bendición de Dios para los buenos o elegidos de forma constatable. Jesús les expresa lo contrario: su camino de enseñanza y seguimiento es distinto: la entrega y la bendición de Dios se expresa en la entrega y  sufrimiento.

Sigue la incomprensión de sus discípulos: lo que Jesús dice en un plano de fracaso pascual lo escuchan y acogen sus discípulos en otro, en términos de triunfo mesiánico. Jesús funda su Iglesia en claves de no-poder: experiencia de gratuidad, y en el centro ha puesto Jesús a los niños, alejados, pequeños, donde se muestra como impotente.

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Jesús pasa de preguntar “¿quién soy yo?” a: “Pedro, ¿me amas?”

En el Itinerario del camino, en el seguimiento de Jesús de Pedro, nos vemos reflejados: Pedro sigue el suyo y comienza mal, porque le reconoce como Mesías en clave de poder -¡cuántos siguen buscando en Dios al “todopoderoso”!-, y Jesús lo reinterpreta en perspectiva de entrega, de ahí que añada: si quiere alguien crear nueva familia, ha de morir por ello. No nos engañemos: sólo el amor suscita nuevo nacimiento, sólo la vida regalada crea vida.

Pedro increpa a Jesús, y le dice que cambie de postura, desea construir la Iglesia en clave de poder, sin morir. Ahí seguimos muchos. A estos los llama Jesús “Satán” (Tentador). Al principio le había invitado (nos había invitado) a seguirle: ¡Sígueme! Lo siguió. Ahora se pone delante en el camino que Jesús ha de seguir, “y se puso a increparlo” porque Jesús va a ser ejecutado. Jesús increpa a Pedro: “¡Apártate!”, pero no lo echa del grupo. La revelación es clara: la Iglesia la forman aquellos que hagan suyo el camino de entrega. El verdadero Cristo es aquel que sabe padecer (homo paciens), pero, en Jesús, la fe en el Dios de la vida le mantiene en el fracaso, en la esperanza de Reino. Al final de ese camino se halla Dios: ¡Al tercer día, resucitará!

Seguir a Jesús lleva a la entrega de la propia vida. Esto no es verdad porque le pasara a Jesús, sino que le pasó a Jesús porque es verdad. Mire cada uno su propia existencia: dar la vida por los hijos propios y ajenos, alentar la existencia de un amigo o enemigo, de la mujer o el marido, promover una mayor justicia y bondad en un mundo desgarrado y roto… es imposible sin aceptar lo que ello conlleva de entrega, de salida de sí mimo, de cruz. El punto culminante del amor de Dios a la humanidad, la Cruz, es al mismo tiempo escándalo: “quien quiera ganar su vida tiene que estar dispuesto a perderla”. Que la gloria de Dios, su belleza, su verdad, su bondad, aparezcan en un crucificado, y que la vida auténtica, la más bella y buena y verdadera, se logre dándola, es la aparente contradicción del Evangelio. Pero este mensaje tan raro sólo lo experimentarán quienes se atrevan a entrar en esa vida, atraídos por el ejemplo de Jesús.

Jesús ha renunciado a toda forma de violencia, no impone su propio proyecto por la fuerza de las armas –va más allá de la pureza de los elegidos (judaísmo) o el triunfo de los justos (Islam), y se queda ahí, no huye, no escapa ni inicia una estrategia de violencia.

Jesús se encuentra derrotado de antemano, y a pesar de ello se mantiene, para que actúe Dios a través de su derrota. La obra de Dios se realiza a través de su muerte, lo sabe y así lo declara. Muerte anunciada: no vendrá por casualidad, ni por accidente, ni por tragedia contra la que debe levantarse. Digámoslo claro: esta muerte anunciada recibe el nombre de Evangelio, Buena Nueva de aquel que se ha dejado matar para que triunfe su mensaje: palabra que ilumina y libera, pan que se solidariza y casa de hospitalidad. Jesús lo asume porque cree en el amor y, porque ama a los más pobres, pasa a ser ¡mi Hijo querido!

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La auténtica logoterapia

Somos miembros de una sociedad enferma, en un planeta enfermo de gravedad

No es este el lugar para hacer una descripción política, social, económica, espiritual, sólo señalar que, en medio de este contexto del shock pandémico, subyacen tres grandes crisis: divorcio poder-política (llegada al poder de movimientos xenófobos y populistas); crisis social por la desigualdad del planeta, (concentración de la riqueza en pocas manos); crisis ecológica (fruto de un modelo de consumo y producción). Ante esta realidad nos preguntamos qué tiene que decir el evangelio como Nueva y Buena Noticia para todos los hombres y todos los tiempos. El Papa Francisco aboga por una cultura ecológica, una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia ante el avance de la realidad actual (Laudato si (nº 111). El evangelio, ante las situaciones duras y difíciles, nos dice que ni marchemos a situaciones anteriores, pre-Covid, ni nos evadamos hacia adelante. ¿Qué nos ha enseñado la crisis actual? 

Vivimos en una sociedad paganizada. Jesús-nos narra Marcos-, está haciendo el trayecto por áreas limítrofes de Galilea, Tiro y Sidón, de cultura fenicia y la Decápolis, que es zona de influencia helenística (misión pagana). ¿No estamos acaso viviendo en puro y duro paganismo? No parece fácil explicar y entender lo que hace Jesús. ¿Acaso no necesitamos un cambio radical de paradigma, es decir, pasar de la comprensión nacional a la visión universal del ser humano? Esta está puesta aquí de manifiesto por Jesús. Y este cambio lo hace visible cuando le presentan a un sordomudo. Le traen a un sordo (adducunt ei surdum, et mutum), este no escucha la nueva palabra y tiene la lengua impedida para poder expresarse. Es un enfermo. ¿Qué se nos quiere decir? Es el signo de aquellos que no entienden y prefieren mantenerse en sus esquemas caducos, escuchando sus palabras y razones, y así seguimos hoy en este planeta tierra.

¿Por qué decimos que está enferma esta sociedad? Por estar enferma de comunicación, no puede dialogar de verdad. Sólo quiere escuchar lo sabido, se resiste a aceptar el cambio, y si habla es para dominar a los demás. Sí, somos esclavos de nuestra propia mudez y sordera (no logramos entender lo que nos dicen, no podemos decir lo que no entendemos). Esto quiere decir que vivimos encerrados en una doble distorsión del lenguaje (de la escucha y el habla). Es el hombre cautivo de su propia soledad hecha silencio.

Estamos enfermos de soledad, pero no estamos completamente solos, el evangelio dice que algunos le llevan a Jesús y le ruegan que le imponga las manos; pero hay un pero que es importante: está enfermo de sordera y lo reconoce, en contra de los que nos creemos sanos y no escuchamos, y así decimos lo que queremos. Para entender el evangelio hay que abrir los oídos y la lengua.

¿Cómo lo hace Jesús? Toma al enfermo en privado, lo separa de la muchedumbre y así destaca el contacto directo. Este enfermo no ha tenido hasta ahora atención personal. Jesús se acerca y lo toma consigo, lo trata como hermano o amigo, ahí está la terapia de cuidado en la cercanía y la logoterapia, conversación para librarlo del mal que Dios no quiere. ¿Qué es la logoterapia, o mejor, cómo debe ser para ser liberadora? Jesús lo hace metiendo sus dedos en el oído sordo, como diciendo que no tema las voces que llegan, que no rechace la palabra, que no encierre su vida en el miedo amargado.

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¿Es posible arreglar el orden de este mundo? Sí, sirviendo.

El orden de este mundo se arregla sirviendo. El Reino de Jesús no tiene otra perspectiva. El servicio, la misión evangelizadora, nace de la fe acogida, madurada y cultivada en el interior. ¿Por qué nos extrañamos de que la gente se marche? “Entre vosotros hay algunos que no creen”. “Señor, todos se están marchando”. “Jesús les dijo a los doce: ¿También vosotros queréis marcharos?”(Jn 6,67). El servicio a la evangelización sólo lo puede hacer aquel que ha hecho la experiencia del cambio de vida en su interior. Para los que no conocen a Jesús y sirven es iluminador y confortante el capítulo XXV de san Mateo: “os lo aseguro cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”.

Unos porque han hecho de la fe una ideología, otros porque han reducido el evangelio a una ética o filosofía sometida al cambio del tiempo, otros porque sus intereses vitales, sus necesidades no son los valores del Reino, otros porque viven de una religiosidad que no es otra cosa que la proyección de sus carencias, y una gran mayoría porque su ego, su narcisismo, les impide salir de sí mismos, ellos son dios, porque el único tesoro que buscan son ellos mismos, no es algo que se han encontrado como dado gratuitamente, un tesoro que produce tanta alegría que el que lo encuentra se olvida de todo lo que tiene, lo abandona todo y ve en eso lo único que vale la pena en este mundo. Los que así lo hacen, han descubierto su vocación como misión, que no es un peso sino un tesoro que quema por dentro, que se lleva en vasijas de barro y que, como es un don recibido, lo comparte con la debilidad de un cuerpo, porque somos cuerpo. ¿Qué experiencia hemos vivido personal y comunitariamente? ¿Cuál es la experiencia de la iglesia y de las comunidades que la forman? (2 Cor 4,7-15). Sencillo y claro: ante tantas y tan diversas dificultades personales, ante tantas decepciones, fracasos, ante tantos aprietos por todos los lados, sentimos una fuerza interior que nace de la debilidad. ¿Por qué no estamos aplastados ante tantos que nos aprietan? ¿Por qué no desesperamos ante tantos apuros? ¿Por qué no abandonamos ante tantos acosos desde dentro y desde fuera de la Iglesia? ¿Por qué no estamos rematados ante tantos que nos quieren derribar? ¿Acaso es que somos fuertes, héroes…? Nada de nada. Somos hombres y mujeres tocados por Dios para llevar a cabo una misión: anunciar al Hijo de Dios, llama que quema, sentido último de nuestra vida, y esto no es insoportable, lo que es insoportable es creer que con el voluntarismo nosotros somos los que llevamos a cabo lo que Dios quiere. Un esfuerzo sin gracia, sin don, no dura mucho tiempo. Dios nos ama y nos ha hecho libres para que cada uno decida si quiere seguirle.

Vivimos personal y comunitariamente una fe que necesita salir al exterior. Nada de “capillismos”, encerramientos. Anunciamos a Cristo resucitado, salvación para toda la humanidad. Vivimos una fe expansiva, el Covid nos lo ha hecho ver: los medios digitales nos han abierto a un mundo necesitado de una palabra de vida. En esta experiencia, los que han recibido los diversos servicios prestados, nos han mostrado su agradecimiento: creyentes y no creyentes, de una confesión religiosa u otra, y esto sin otro interés que mostrar lo que somos, sin buenismos ni igualitarismos que nos hacen perdernos a todos. No buscamos nuestra gloria sino la de Dios.

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Jesús responde a las exigencias del siglo XXI. ¿Cuáles son esas exigencias? Si digo exigencia hablo de necesidad, como es el beber, comer, descansar, trabajar, amar y ser amados.

¿Es una necesidad la oración?  Parece que muchos viven sin ella. ¿Por qué no ven la necesidad de meditar? Creo que hay razones que podrían sugerir la existencia, dentro del ser humano, de la necesidad de meditar cada día. Hay turbaciones intensas externas -personas, ambiente- e internas: pensamientos negativos, estrés, ansiedad.

Vivimos cercados de pensamientos negativos. Sin darnos cuenta aprendemos a ver el lado malo de las cosas, y por consiguiente fabricamos sentimientos de estrés, ansiedad, depresión, desconfianza, inseguridad. Los pensamientos o interpretaciones de la realidad son como moldes que dan forma negativa o positiva a lo real, son realidades externas e internas: necesidades corporales, recuerdos, pensamientos, sentimientos, decisiones. En realidad sentimos según pensamos. Si los pensamientos o interpretaciones son negativos o positivos, la forma en la que nombramos a la realidad es distinta, y lo grave es que ni siquiera nos enteramos de que somos nosotros los fabricantes de tales sentimientos.

La falta de conciencia de esta forma de pensar hace que neguemos radicalmente nuestra condición de personas, convirtiéndonos en marionetas, dejándonos en manos de los demás o de los acontecimientos externos que nos manejan. Esta despersonalización resulta catastrófica en nuestros días: vivimos manejados.

Jesús nos dice: “vamos a un lugar desierto a descansar un poco”. No nos da palabras catastróficas, es una palabra que lleva luz y que sana. Descansar un poco, en medio de una multitud que le seguía buscando. Esta imagen trasluce la necesidad profunda de la gente, y a la vez Jesús da respuesta a los deseos más profundos de las personas. Sigue la narración diciendo que sale de la oración con una fuerza nueva: se le conmovieron las entrañas, se compadece, se subleva ante la constatación de ver a la gente descarriada.

No habla de quiénes son culpables, no genera sentimientos de desprecio u odio, ni nos acusa como culpables, y entonces nos sentimos mal y nos deprimimos. Y ante nuestro yo partido en dos (división interna) cultivamos las economías oscuras de las adicciones.

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Jesús crea un nuevo tipo de familia. ¿Será posible? Sí, desde el fracaso de su propuesta que ha sacudido la conciencia nacional, desde el quebranto de los valores que sustentan su estructura familiar, hiriendo lo más sensible de sus gentes, no por lo que dice, sino por lo que implica su nuevo programa de familia, desde ahí, desde este fracaso, comienza la nueva familia mesiánica.

Marcos nos presenta en este caso, no el enfrentamiento con los escribas de Jerusalén y familiares: “¿Quién es mi madre y mis hermanos? (Mc 3, 25-30), sino es con sus paisanos escandalizados porque les ofrece el testimonio del Reino. Pero sus  paisanos, que están vinculados a la tradición israelita, no lo aceptan. Nos encontramos ante una novedad: no está en la casa eclesial, rodeado de los miembros de su familia, mientras los de fuera lo critican, sino en la sinagoga de su patria, entre sus paisanos.

Hoy la urgencia de potenciar y proteger a la familia se ha puesto como primera prioridad en la evangelización, pero ¿de qué familia se trata? No nos engañemos, la familia cristiana es en su raíz distinta de la familia de sangre, aunque no se contrapongan.

Primero, Jesús ha ofrecido su amistad hasta dar la vida, pero es rechazada porque la amistad que ofrece Jesús y que realiza en su vida con los pobres y parias de este mundo es anterior a cualquier vinculación de sangre. Recordemos que la amistad de David y Jonatán lleva a éste a enfrentarse con su padre, Saúl, para salvar la amistad con Jonatán. Aquí son los celos de Saúl los que quieren romper esta amistad. David lo sabe, y le dice a Jonatán: “tu padre sabe que te he caído en gracia”. La amistad es anterior a cualquier otra opción. ¡Cuántas rupturas aparecen, sin buscarlas, por el hecho de seguir a Jesús! Y la primera se da en el seno de la propia familia, entre los tuyos. ¿Celos de Dios?

En toda ocasión ama al amigo, el hermano nace para el peligro, el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Jonatán juzgó que tenía que oponerse a su padre y ayudar a su amigo y prefirió la amistad al reino que le ofrecía su padre. Aquel joven lleno de amor, no cejó en su amistad, y permaneció firme ante las amenazas, se olvidó de todos los honores, pero no de su benevolencia. Esta es la verdadera amistad: la que no se deja corromper por la envidia; la que no se enfría por las sospechas; la que no se disuelve por la ambición; la que, puesta a prueba, no cede; la que, a pesar de tantos golpes, no cae; la que, batida por tantas injurias, se muestra inflexible; la que, provocada por tantos ultrajes, permanece inmóvil (Beato Elredo).

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Es sorprendente y admirable, entonces como ahora, revolucionario, lo que este hombre, Jesús de Nazaret, luchó hace XXI siglos para que se reconociese a la mujer como persona. Al leer estos relatos de estas dos mujeres en este contexto social, religioso, en un espacio concreto -la ribera galilea- en el que la opresión tenía rostro de hombre y signos de violencia externa, Marcos sitúa a este hombre y a estas dos mujeres, con rasgos de violencia personal y familiar muy honda: son dos mujeres que están vinculadas por una misma enfermedad, signo de impotencia del pueblo israelita. ¿Qué hace Jesús? ¿Discursos sobre el feminismo? No, sencillamente las cura. ¿Para qué? No para enviarlas al mundo antiguo, sino para iniciar un camino de humanización donde merece la pena crecer, ser mujer, realizarse en familia.

El archisinagogo busca la vida de su hija por encima de la ley y sinagoga, la hemorroísa viene por sí misma y quiere tocar a Jesús para vivir como mujer, como persona. Jesús la cura y la envía a casa. Jesús entra en la casa del archisinagogo con tres discípulos para ofrecer su mano y levantarla, y transformar una casa de muerte en casa de resurrección.

¿Por qué es una carta magna de la libertad de la mujer? Porque se trata de la libertad que empieza por el cuerpo, libertad para la vida, para ser ellas mismas. En la Misná- código Nashim-, centrado en rituales que consagran el sometimiento femenino,  es donde coloca Marcos esta escena que avala para siempre la libertad de la mujer creyente.

Situación existencial de esta mujer: es persona sin familia, porque lo manda la ley sacral judía, la hemorragia menstrual permanente le expulsa de la sociedad, no puede tener relaciones sexuales, ni casarse, no puede convivir con los parientes ni tocar a los amigos, pues todo lo que toca se vuelve impuro: la silla en la que se sienta, el plato del que come, y además está condenada a la soledad por una ley religiosa. Esto nos recuerda a la situación del enfermo de Covid.

¿En qué consiste el milagro de Jesús? En dejarse tocar. ¡Qué cosa tan banal! Pues no: le ofrece un contacto purificador, la cura, la ayuda para llevarla después a su grupo. Y sin ningún interés proselitista: no le dice que se sume a la familia de sus seguidores. ¿Qué nos dice a nosotros en la tarea diaria de servicio a tantas mujeres que sufren exclusión social, marginación, maltrato? ¿Les decimos que se unan a nosotros? No. Pero sí que vayan a sus lugares y cuenten lo que  les ha hecho.

En la vida diaria de nuestra presencia de acogida, nuestra identidad no está en crisis, no lo estará nunca, porque tratamos de valorar a la mujer como mujer y que acepte el roce de nuestra mano en el manto que le ofrecemos; le animamos a vivir, y al menos tratamos de curarla para que sea sencillamente humana, persona con dignidad para que construya el tipo de familia que ella misma decida; no queremos convertirla en nada, a nada, sino capacitarla para que sea siempre humana. ¡Cuántas mujeres como ésta sufren la cárcel de su entorno, incapaces de crear comunicación por violencia, que por miedo están mudas! ¡Con cuántas nos encontramos neuróticamente impuras y las rescatamos para unas relaciones personales y familiares! Esta es la conquista del Evangelio. Libera al hombre de la violencia y salva a la mujer violentada.

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Vivimos en tormentas vitales, buscamos signos, pero la fe no se alimenta de signos, sino de la fe en Jesucristo. ¿Buscamos al Dios de los milagros, o el milagro verdadero: la fe?

El evangelio de Marcos nos muestra que Jesús no es un desconocido. Jesús  ha ido llamando, no de manera externa, sino que une a los hermanos por la  fuerza de la unidad y la comprensión profunda de las parábolas, y de esta forma se reúne la comunidad. Somos familia de Jesús, por la palabra que todos entendemos y compartimos, en crecimiento fraterno.

Jesús comienza una travesía difícil: “pasemos a la otra orilla”, que le lleva al otro lado del mar, y lógicamente el mar se encrespa y la barca eclesial se ha de enfrentar a la tormenta. ¿Qué hace la comunidad de seguidores en la tormenta? Llama a Jesús y Él responde despertándose y mostrando su poder a los que estamos y nos sentimos amenazados. Si nos quedamos en casa encerrados, los riesgos no surgen, pero si salimos a lugares desconocidos y “pasamos a la otra orilla”, sabemos que tenemos que asumir el riesgo, pero no estamos solos.

Jesús decide pasar al otro lado, donde viven los paganos de Decápolis, es un dato a tener presente, están cerca, pero sus gentes son lejanas, distintas por cultura y religión. Este es el comienzo de una gran marcha que no ha sido interrumpida a través de los siglos. ¿Estamos dispuestos a llevar la semilla a tierra de paganos? ¿Qué paganos? Nosotros parece que le decimos a Jesús: “nos has embarcado en esta misión y tú duermes, ¿es que no ves la tormenta?” Cuántos a lo largo de su vida dicen: nos hemos embarcado, nos hemos fiado porque tú nos has dicho: “pasemos a la otra orilla”, y ahora nos sentimos abandonados. Es evidente que en el transcurso sufrimos tormentas, esto no nos extraña mucho, pero que él duerma se nos hace dificultoso admitir, porque ha sido Él quien nos ha embarcado y nos deja que suframos ante el riesgo.

Gritamos: ¡Jesús!, ¿es que no te enteras de que estamos naufragando? Pero es tal el grito de miedo que damos, que lo despertamos. Somos comunidad amenazada, familia que experimentamos el miedo, sin cimientos permanentes, que seguimos a un Maestro (didaskale así le llaman Mc 4,38)  que duerme.

La barca en la que estamos es débil, frágil, azotada entre el viento exterior y el miedo interior. No estamos con Jesús, como en otros momentos, junto a Él. escuchándole, en círculo, de forma agradable. Ahora luchamos contra el mar, solos, aislados del mundo.

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¡Menudo año largo que llevamos! ¿Nosotros solos? No. A la experiencia por el dolor de tantos -dolor por los muertos, dolor con los que han pasado la enfermedad y sufren consecuencias-, se suma la tensión por la inmunización lenta, cansina, confinamientos obligados, por la experiencia de tantos que sufren la pobreza extrema, la falta de medios económicos. Más cerca hemos sufrido por las “opciones” sorprendentes de los que creíamos cercanos, que han abandonado; en la Iglesia, abandonos en masa. Rupturas matrimoniales, desesperanza y falta de motivos para vivir… Todo esto y más nos ha llevado a tener hoy la dificultad de poder predecir el futuro. Pero todos estos acontecimientos, asumidos en la oración, han hecho que nuestra vocación de servicio se haya multiplicado desde el servicio a lo pequeño y a los pequeños. En el año largo que llevamos podemos decir que somos unos privilegiados, tenemos que dar gracias porque, ni nos hemos dejado, ni abandonado, ni resignado, ni hemos dejado nuestra vocación.

Hemos pensado en positivo, ahí están las obras: hemos huido de todo lo que nos empobrece y hemos buscado aquello que nos sostiene la vida. No nos hemos dejado llevar por relaciones tóxicas, porque hemos intentando compartir con personas que viven con sencillez y alegría. Con los pobres y los más castigados hemos seguido compartiendo, y abriéndonos a los cercanos, a los nuevos, que se han acercado, y que están con nosotros caminando en esta situación. Debemos de retomar encuentros de diálogo, con los que se nos han acercado, con los que forman parte de nuestra gran-pequeña familia. Tenemos que compartir pequeños placeres que nos humanizan, que por la pandemia dejábamos para más adelante.

Hemos constatado, sin que nadie nos lo pida, que sí se puede hacer mucho, aunque nos parece que ha sido poco, pero que se transforma y se multiplica ese poco por lo que cada uno aporta, y llega a muchos siendo lo mejor que han podido recibir en este tiempo (Cf. Memoria 2020). Nuestra misión evangelizadora no puede estar al margen de los más necesitados.

No nos hemos acostumbrado, no cedemos, no nos resignamos, no nos desilusionamos, no queremos caer en la desesperanza y en la tristeza. Para ello hay que ir a la fuente, y recibir de la fuerza el agua de vida, para que esto se pueda llevar a cabo. Seguimos construyendo relaciones, seguimos presentado proyectos, seguimos creyendo en las personas que con nosotros trabajan, sobre todo, es el momento de dar gracias por los hermanos y hermanas que no han dejado que la pandemia celebre su victoria sobre nuestras vidas. Queremos, y creemos en el proyecto que tenemos en nuestras manos, tenemos ganas de seguir compartiendo, de seguir soñando, de seguir creando. Aprovechemos este tiempo para compartir, vivir, celebrar, tenemos motivos para esperar. ¿Cuáles son esas raíces que fundamentan nuestra acción-misión evangelizadora? Hoy retomamos con alegría profunda esta palabra que se nos regala. Es Palabra que nos confirma, que nos gratifica y nos ilumina y, sobre todo, mantiene viva nuestra esperanza.

La palabra nos ha vuelto transparentes, y en esa transparencia tenemos que vivir si queremos que el mensaje que hoy nos regala Marcos sea fecundo.  Lo primero que nos recuerda es que el ser humano no es el que decide el crecimiento de la semilla, nos recuerda que la palabra no resulta al fin pequeña- como en tantos que han abandonado-, incapaz de transformar nuestra existencia, y nos ofrece estos dos iluminativos textos: la semilla del Reino germina automáticamente, mientras duerme el labrador o está en las faenas de cada día (4,26-29).

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¡Ven, como el pan, tenemos hambre de justicia, igualdad, solidaridad, fraternidad, comunión, amor!

Sigue habiendo víctimas consecuencia lógica de enfrentamientos. Ahora, en Cristo la víctima es la expresión de un Amor inexpresable que se ofrece para evitar todas las víctimas, liberar a todos del miedo y unirnos en la celebración del compromiso existencial por una vida y un mundo más humano: Eucaristía.

Hoy nos haces este regalo: tu muerte solidaria, hoy anunciamos que se han acabado los mesianismos y la esperanza nacional de Israel. Hoy comienza la misión universal en Galilea. ¿Para qué ha servido el paso por Jerusalén? Ha sido inútil. Allí ha anunciado Jesús el fin del templo y el anuncio del evangelio a todas las naciones; allí ha recibido la unción para la muerte y ha ratificado su entrega, dando su cuerpo como pan. ¿Qué ha sucedido? Que ayer, como hoy, el mesianismo judío lo rechaza y la autoridad oficial lo condena a muerte. La identidad del judaísmo, le abandona y, desde el signo del cordero de la alianza del judaísmo, le rechazan. ¿Para qué ha subido a Jerusalén? Para iniciar un nuevo camino de Pascua. ¿En dónde? En Galilea. Si nos olvidamos de esto, el Corpus se convierte en un acto cultural al margen de la vida y existencia de los hombres.

Nos encontramos con un hecho que no podemos obviar: la fiesta judía de pascua va a ser lugar de división definitiva; crea una nueva mesa de solidaridad con sus discípulos, pero uno de ellos, que moja de su plato, lo va a traicionar. ¿Qué nos dice esto? ¿Cuál es la nueva solidaridad? La Eucaristía. ¿Dónde empieza? Donde uno lo traiciona, allí Jesús ofrece la más honda alianza universal de su comida: su cuerpo hecho pan universal, su sangre hecha bebida para todos.

¡Qué paradoja! Jesús, el solitario, expulsado de Israel, puede y quiere presentarse como principio y contenido de la más alta comunión. Jesús ha roto el círculo de la solidaridad nacional y así se ha vuelto escándalo. Empieza con la caída de los Doce: se queda solo, ha elegido unos discípulos para que le acompañen, pero ellos le abandonan. Escoge a un nuevo pueblo, para celebrar la pascua de la vida solidaria, pero ellos le niegan; sin embargo, esa negación es el comienzo. Y ahí desde esa negación comienza un camino nuevo de esperanza. Tras resucitar: “os precederé a Galilea” Su entrega se muestra como solidaridad: Galilea es el lugar del comienzo universal del evangelio. Ayer y hoy.

Nosotros hoy queremos recuperar el signo del pan, bendecido, partido y dado como el gesto más profundo de su vida, y el cáliz que ofrece a sus discípulos, la copa de agradecimiento que es la sangre de su alianza, signo del Reino de Dios. Y tomamos conciencia de que estos elementos constituyen el culmen de la obra de Jesús, son el testamento de lo que ha sido su vida y mensaje, y lo hacemos viviéndolos como lo que son: principio y sentido fundante de la Iglesia, palabras y gestos que nos constituyen como seguidores. ¿Dónde se vive así la eucaristía? ¿Qué puesto ocupa hoy la eucaristía en la vida de los cristianos? ¿Como los discípulos? ¿Sin entender, no comprendiendo?

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