Os ofrecemos el libro que la editorial PPC ha puesto ya a vuestra disposición en las librerías.

En Málaga podéis encontrarlo en la librería Renacer (C/ Carretería, 67) y la librería Diocesana de Catequesis (pie de la torre de la Catedral).

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“Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén”: quien sigue la historia de comienzo a fin no olvida el itinerario de Jesús, y va asumiendolas opciones que siguen al seguimiento. Se trata de conocer a Jesús, este conocimiento sólo lo experimenta quien realiza su proyecto. Ese es el que conoce a Jesús.

¿Qué decisión tomó Jesús? La de ir a Jerusalén, y el texto griego dice que Jesús, ante esta decisión, endurece el rostro porque sabe los peligros que comporta dirigirse a la ciudad santa, centro neurálgico del judaísmo. Y así se hace ver la fortaleza de Jesús ante estas adversidades.

Este camino de Jesús, es al mismo tiempo, el camino de los discípulos, y nos presenta tres escenas de vocación en las que se muestra la exigencia de este seguimiento: asumir vivir el sin seguridades, abandonar a la familia y abandonar las obligaciones familiares. En una palabra: renunciar a todo aquello que imposibilita el proyecto de vida de Jesús. Hay que leer estos textos tal y como están dichos, y no intentar suavizarlos, racionalizarlos, porque así nunca comprenderemos qué es el seguimiento.

¿Qué significa el seguimiento? Que la persona de Jesús, es para el creyente, la vida, todo lo demás es muerte; que Jesús es el Absoluto, y ante Él ni los deberes más sagrados de la ley cuentan. “Ninguno que pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás es apto para el Reino de Dios”. Decir esto, con la que está cayendo, es de un realismo brutal, pero es el evangelio. No podemos manipular los textos.

¿Qué hicieron los discípulos ante estas exigencias? Callar, como tantos hoy. ¿Qué hay en el fondo de esta decisión? Asumir el camino del sufrimiento y de la muerte como vía hacia la auténtica vida: pero no es algo para Jesús sólo, sino que él quiere asociar a sus discípulos a su destino, y por esto el discípulo calla… Es demasiado duro…, sin embargo esta radicalidad parte de la sabiduría de la fe, y no de una perspectiva ascética. Estas radicalidades deben ser resituadas desde los procesos en los que hay que tener en cuenta nuestras propias necesidades y limitaciones.

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Que el Jesús histórico hiciese curaciones extraordinarias, nadie lo duda. Que fueran milagros en sentido científico es otra cuestión. Los evangelios en ningún momento piensan en pruebas científicas del poder divino de Jesús. Los “milagros de Jesús” se consideran intervención de Dios, pero en cuanto signos que apelan a la fe, y sólo desde la fe son percibidos como intervención de Dios.

Jesús se conmueve por la gente, predica el Reino, pero no sólo predica, sino que cura a los enfermos. Hoy vemos a un Jesús que se conmueve ante la muchedumbre que se arremolina en torno a él, le buscan porque están necesitados, no tiene qué comer. Jesús no es un milagrero, ni hace un gesto espectacular, sino que pide su colaboración. Los gestos que narran los evangelistas tienen connotaciones eucarísticas, llama la atención la capacidad que tiene este pan para saciar el hambre: todos comieron y se saciaron. Por ahí va la fiesta del Corpus Christi: hacernos entrar en la condición de necesitados que buscamos saciar el hambre. Así que ya tenemos dos componentes de la eucaristía: el pueblo que se congrega y Jesús que se da.

La eucaristía nos muestra que las manos de Jesús permanecen abiertas, en los caminos y en la cruz, para liberar y hermanar a los que, viviendo por sí y para sí, elevan los muros de la exclusión, opresión, odio y marginación.

La eucaristía es el signo permanente de habitar nuestra carne y poner su choza en el último de los lugares, su luz brilla en las tinieblas y hace posible para todos y todas acoger su gracia y su verdad. Jesús entrega su vida libremente e intercede por nosotros y se hace solidario con toda existencia hasta las últimas consecuencias: “tomad y comed, este es mi cuerpo que se entrega por vosotros”, pero antes hemos escuchado: “dadles vosotros de comer”.

Estamos celebrando el triunfo de quien pierde su vida por amor, y quien hace eso está llamado a participar de los bienes del Reino (Mt 10,39). Jesús comparte con ellos su motivación más honda que quiere que hagan suya: “Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tiene qué comer” (Mt 15,32).

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“Muchas cosas me quedan por deciros […], cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena”

¡Qué triste una Fe que se enreda en ritos, preceptos y definiciones, olvidando su meta de fusión amorosa! No estamos ante un rollo macabeo con explicaciones que se hacen insoportables y ante curiosidades inútiles. La fe en la Trinidad nace del testimonio neo-testamentario de la historia trinitaria del Hijo y de la praxis eclesial del bautismo.

Estamos ante el misterio del hombre. Dios Padre, Hijo y Espíritu es creador. “El ser humano se asombra al contemplar ese cosmos en tremendas distancias y por mucho que habla del azar, no hace más que descubrir señales de un proceso global que parece indicar la existencia de un proyecto inserto en el fondo de todo. Esto y más nos muestra una entraña del mundo llena de sabiduría y de ternura, pero no todos la reconocen”. Por eso hoy hablamos de un deseo comunicador. Dios es relación, comunicación, donación, inspiración, un conjunto de cualidades que en nuestro hablar atribuimos a la comunidad, a cuyos miembros denominamos Padre, Hijo y Espíritu.

Caminamos escuchando la voz del Hijo y obedecemos al Padre guiados por el Espíritu, pero tenemos mucho que comprender con una actitud de confianza filial. Es cierto que podemos hacernos representaciones del Padre y del Hijo; estas mismas expresiones sugieren una lógica de relaciones en la línea de fecundidad y generación, pero del Espíritu Santo no tenemos imágenes. Tenemos símbolos como  viento, huracán, soplo, fuego, unción, carisma, sello, agua, paloma. El Espíritu se nos presenta como fuerza divina y original que actúa en la creación, moviéndose en los seres vivos y actuando en los hombres. Todo es una maravilla. Volvemos a descubrir a Dios como sabio, y lo que se nos presenta a los ojos humanos es todo una maravilla. El ser humano se da cuenta de su capacidad y de su pequeñez.

En el Espíritu sé que Tú eres mi Padre. Sabiduría de consuelo y abandono. El Espíritu me hace hijo en el Hijo y, como el Hijo, en el Espíritu puedo decir: “Por eso se alegra mi corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción”.

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Buenas a todos, ya os ha llegado a muchos esta reflexión, pero, dada la aceptación que ha tenido, aquí os la dejamos por si queréis compartirla con otros muchos. Muchas gracias.

El día de Pentecostés también lo hemos celebrado en la parroquia de Santa Rosa de Lima, en la que estamos insertos, en Málaga. Hemos celebrado la eucaristía con gozo y hemos compartido una comida fraterna entre todos los grupos y miembros de la comunidad parroquial.

Fiesta de Pentecostés

Por la fuerza del Espíritu, la constancia, la permanencia y la fidelidad a la Palabra recibida, cuando se abraza desde la fe y se vive como sabiduría divina, aquello que parece una necedad lleva consigo un par de cualidades para la vida ordinaria: la valentía y la perseverancia… la gota horada la piedra, no por la fuerza, sino por la constancia.

Los hermanos con promesa de la Comunidad celebramos el sábado nuestra Vigilia de Pentecostés, donde renovamos nuestra opción de seguir a Jesús en y desde la Comunidad Asís, y le pedimos al Espíritu Santo su consolación, su defensa, su valentía, su envío, su testimonio, su misión, la liberación de los pecados, su fuerza y su Vida para la vida, conscientes de que se nos llama a volver a los orígenes: una eclesiología de comunión, de solidaridad, de evangelización, dando testimonio desde la debilidad y la pobreza de medios. Así nacimos y así discernimos que el Espíritu nos quiere ver renacer hoy.

El Espíritu es el Regalo de Dios que proporciona valentía y perseverancia.

Nace la Iglesia. ¿Qué Iglesia? En cierto momento los discípulos de Jesús se reagruparon en Jerusalén después de regresar de Galilea. Resulta evidente que este reagrupamiento en Jerusalén pone en evidencia que desde el comienzo existe una cierta continuidad en el movimiento de Jesús antes y después de su muerte, continuidad basada en las personas de sus discípulos, como uno de los núcleos de la primera iglesia: Jerusalén se convierte en el centro de la primera iglesia: los discípulos serán testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra.

 “Estaban todos juntos en el mismo lugar” y ahí en la casa “sopló un viento fuerte y llenó la casa donde se encontraban y se llenaron todos de Espíritu Santo” (Hch 2,1),todos unidos en la diversidad, el Señor es el Dios de todos y el punto de encuentro se da en el fuego del amor. El don del Espíritu les lleva a la unión profunda: esta es la voluntad de Dios. La división, la separación, la exclusión de lo distinto, no es fruto del Espíritu, sí lo es una profunda comunión con lo diverso. Estaban todos juntos en el mismo lugar. El individualismo y el ir por libre en la Iglesia no es compatible con la fe. El individualismo es el cáncer que todo lo destruye. Desde esta realidad la Iglesia no puede nacer, crecer, expandirse. Desaparece.

¿Qué hace el Espíritu? El Espíritu guía aquellos primeros testigos y empiezan a surgir pequeños grupos domésticos, comunidades -Iglesias domésticas-. Así nacimos y hoy sigue el Espíritu impulsando este movimiento inicial. Es el Concilio Vaticano II (LG 11) el que hace referencia a la Iglesia doméstica y el Papa Francisco en AL 67 insiste: “Los esposos son consagrados y, mediante una gracia propia, edifican el Cuerpo de Cristo y constituyen la Iglesia doméstica, de manera que la Iglesia, para comprender plenamente su misterio, mira a la familia cristiana, que lo manifiesta de modo genuino”. ¡Qué lejos estamos!

Con este evangelio de Juan se han acabado las narraciones de las apariciones de Jesús resucitado: hoy sólo escuchamos la voz de Jesús; sólo está Jesús, sólo su Palabra, sólo su Espíritu. Sobriedad que nos indica que sólo debemos prestar atención a las palabras de Jesús.

El regalo de Dios es Pentecostés; es su Espíritu que recrea, repuebla, renueva. El corazón humano es débil y torpe, por eso el defensor debe hacer de consejero, de consolador de maestro. No soy yo el que pido, sino que es Jesucristo el que pide al Padre: “yo le pediré al Padre que os dé otro paráclito que esté siempre con vosotros, él será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”. El evangelio siempre presupone una comunidad, va dirigido a una comunidad concreta. Es el Espíritu el que nos capacita, quien nos hace ver con nuestros ojos cansados el vigor y frescura de su mensaje. Es el Espíritu el que nos lleva a preguntarnos por dónde tenemos que caminar hoy.

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La Ascensión, triunfo del amor

Dejemos la imaginación y la nostalgia. No estamos para hacernos montajes imaginativos sobre Dios y querer cambiar la historia: el pasado es pasado y no volverá, y, por tanto, nos libra de patologías espirituales, porque, detrás de la añoranza (se fue, pero no nos ha dejado huérfanos, ¿qué hacéis mirando al cielo?), se esconde la pena que se siente ante la ausencia de algo deseado y no conseguido y la enfermedad de aquellos que quisieron ser algo y, deseando un reino que no era el de Jesús, vieron desvanecerse las ilusiones. ¿No nos pasa esto a nosotros hoy? Su presencia es más importante: recibiréis la fuerza del Espíritu, pero “no os toca a vosotros conocer los tiempos que el Padre ha establecido”. No seamos retrógrados situando nuestra vida en el ayer y no soportando la fuerza innovadora que el Espíritu trae a esta humanidad desesperanzada hoy.

Hay que dejar claro desde el principio que el Espíritu Santo es el verdadero protagonista de la nueva historia que va a comenzar.

El comentario a este evangelio no nos tiene que apartar de lo principal que nos transmite: Jesús fue “constituido Señor e Hijo de Dios” por la resurrección (Rom 1,4).  Dejemos la imaginación sobre Dios, sobre el cielo y sobre la otra vida: Dios no está ni arriba, ni abajo, ni en el cielo por encima de las nubes y de las estrellas. Resurrección y ascensión son dos formas de decir lo mismo: que el Resucitado fue Glorificado. Y unida a la Glorificación de Cristo está la misión de la Iglesia: seréis mis testigos hasta los confines de la tierra. Digámoslo claro: la Ascensión es el triunfo del amor. No caigamos en desánimo y menos en arrogancia. Hemos ascendido con Cristo, Él nos ha elevado, somos su cuerpo glorioso, en espera de la resurrección definitiva.

Lucas realiza el tránsito entre el Jesús exaltado y la Iglesia que nace: no hay ruptura sino continuidad. No veamos peligros. Hay quien ve en los cambios hasta herejías. Esta nostalgia necesita, como hace Lucas en su evangelio, hombres y mujeres que hagan el intercambio que ayude a colocar la cabeza y el corazón en la fidelidad a la Palabra dada. La teología toca la mente y el corazón, se acerca a la realidad humana y lanza una mirada luminosa sobre la verdad divina. Menos desconsuelo, menos turbaciones sobre el futuro y más fe: este que veis que se va de vuestra vista, volverá. Tenemos futuro: “estaré siempre con vosotros”.

Pero atentos, Judá es una tierra muy pequeña que sirve de tránsito a la siguiente región: Samaría, tierra difícil y dura para los judíos, pero donde se anunciará y fructificará el Evangelio. Y no sólo esto, sino que el Espíritu rompe los límites cercanos y alcanza los confines del mundo, que tiene su espacio entre la partida de Jesús y su regreso al final de los tiempos. Y precisamente por esto los discípulos no podemos quedarnos extasiados mirando al cielo, esperando la vuelta del Señor, sino que debemos ser testigos de su Resurrección hasta que vuelva (Hch 1.1-11).

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No estamos con ideologías. El mensaje cristiano no es tanto la salvación en su carácter de liberación de la opresión o de perdón de los pecados, cuanto que estamos convocados a vivir en Dios y con Dios. El mensaje cristiano es histórico, parte de Jesús y vuelve a Jesús. Este mensaje necesita ser iluminado y llevado a plenitud por la acción del Espíritu. Este Espíritu es el que tiene capacidad de renovar, recrear, actualizar y dinamizar hoy el mensaje de Jesús; primacía de Dios sobre el ego, del Espíritu sobre la carne, de la gracia sobre las obras.

Estamos dando un vuelco a las pretensiones humanas de protagonismo, cuando en realidad, desde la fe, el protagonista es Dios. No son los dogmas, pero tampoco las “obras”, quiero decir “mis obras”. Estamos afirmando que el creyente queda asombrado al descubrirse amado, antes de que mi yo se ponga por delante para decir que es mi esfuerzo el que me lleva a la perfección. ¿Cuál es la verdad revelada? Soy amado.

El Evangelio es muy claro: sólo puede asegurar que ama a Jesús el que hace lo que Jesús quiere. ¿Acaso podemos saber con seguridad las cosas que Jesús quiere? Evidentemente: que en la vida siempre triunfe la veneración por el otro, que se traduzca en tolerancia con el que piensa diferente y en la valoración por los demás. Y estas son las cosas que Jesús quiere, porque sólo a partir de ellas es posible convivir en paz. Y esta es la vida cotidiana del cristiano: poner mucho amor en lo que hacemos. Tenemos que caer en la cuenta de que lo más grave que puede pasar entre las personas, o en los grupos, es que la relación entre las personas se rompa. Esto es lo que hoy constatamos en la Iglesia, esto es lo más grave. Por esto el Evangelio tiene una fuerza irresistible de iluminación de la realidad. 

“Sois hijos en el Hijo y ahí está precisamente la luz que os ilumina y transforma; “viéndonos en Él, nos vemos a nosotros mismos” (2 Cor 4,6). Jesús se despide con el saludo de Shalom, es todo un programa para vivir en la dinámica de la paz creativa, reflejo del ser de Dios, lejos de la dinámica de la violencia que se resiste a la implantación de Dios en la tierra.

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Somos conscientes del “escándalo para los creyentes y necedad para los gentiles” que provoca el rechazo de que Dios manifiesta su poder, su sabiduría y gloria en la cruz de un maldito.  Ese es el evangelio de Juan: Jesucristo manifiesta el mismo ser de Dios.

“Ahora es glorificado el Hijo del hombre”. Hay que imaginarse lo que supone esta experiencia contemplativa de la gloria en el rostro de un esclavo entronizado.

El Hijo es llamado “Señor” cuando es levantado como Primogénito, como hermano mayor, y se le entrega en sus manos todo poder y la gloria del Padre.

Tú eres un Dios escondido. El Hijo del Padre escondido hace su aparición, se aparece. El Padre lo levanta, le da el abrazo en la fuerza del Espíritu, por esta fuerza podemos decir: Tú eres el “Señor”.

En la mañana de Pascua, el Padre, ha iluminado el rostro de su Hijo con el resplandor de la gloria y ese resplandor ha pasado a arder y a transfigurar nuestros corazones y lo ha hecho para que conozcamos la iluminación, la luz de la gloria del Padre en el rostro del Hijo.

Ese rostro manifiesta no sólo su ser, sino el ser mismo de Dios. El Hijo es glorificado y el Padre es glorificado en él. Y nosotros también podemos participar de su gloria.

¡Qué bueno saber que esa contemplación no repudia la carne y por tanto no repudia al otro! Se trata de participar en una gloria que se hace realidad en el hermano.

Esta profundidad lo que nos está diciendo es que la espiritualidad cristiana es profundamente humana, por ser profundamente encarnada.

¡Que Dios lo que quiere, es que los hombres vivan! Y que los hombres glorifiquen a Dios en el amor al hermano.

Este es nuestro camino, esta es nuestra vocación, esta es nuestra “ocupación”, no es una ideología. La señal es el amor, porque el gesto de entrega desinteresado y arriesgado no tiene sustitución. La fe no se alimenta de dogmas, sino de la Palabra predicada y transmitida.

Jesús nos enseña que vivió un amor tan novedoso que nos sorprende porque no se puede comprar y no se puede vender, que supera nuestros pequeños o incluso grandes amores. Se trata de algo nuevo: “amaos como yo os he amado”.

Jesús nos muestra el amor incondicional de un amigo: “ya no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos”.

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