Habéis leído bien, Teresa, nuestra hermana de comunidad, ha ganado el II premio de Ensayo Teológico Joven de PPC, con una obra titulada “La necesidad de hacerse pobre en la vocación laical”.

Dicho concurso nació con el objetivo de descubrir aquellos valores emergentes del ámbito teológico que puedan ser más valiosos de cara al futuro y el jurado, que le ha concedido el galardón por unanimidad, destaca que la autora “traza de una manera magistral la justificación bíblica y eclesiológica de estos núcleos temáticos en torno a la pobreza y el laicado”.

El jurado del II Premio de Ensayo Teológico Joven PPC (compuesto por Pedro Ignacio Fraile Yécora, Fernando Rivas Rebaque y Pedro Barrado Fernández, actuando como secretario Pedro Miguel García Fraile) concedió el premio por unanimidad: “La obra ha sido seleccionada porque conecta con dos ejes transversales de la teología del papa Francisco: la atención a la vocación laical en la Iglesia y su fuerte llamada a vivir en una Iglesia pobre para los pobres, explicado de una forma clara y rigurosa”.

“Al jurado le ha parecido –continúan– que la autora traza de una manera magistral la justificación bíblica y eclesiológica de estos núcleos temáticos en torno a la pobreza y laicado. El trabajo aterriza en una serie de aplicaciones prácticas para las comunidades eclesiales. Humildad, comunión de bienes, fraternidad, sencillez de vida y gratuidad son las concreciones de esa opción preferencial por los pobres que volvió a subrayar la V Conferencia General del CELAM en Aparecida y que la autora pone de manifiesto”.

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Nota de prensa de PPC

Artículo en Europa Press

Artículo en SM

Artículo en Vida Nueva

Artículo en Diócesis Málaga

Artículo en Diario Sur

Entradas relacionadas: Vivir la vida como manifiesto en este ensayo no es perderla, sino ganarla.

Hoy nos presenta la liturgia el tema del reinado de Dios, que es el centro en el mensaje de Jesús. ¿Qué pretensiones tiene Jesús con el anuncio del Reino de Dios? Presentar una religiosidad  alternativa, una innovación absoluta ante la deriva en la que vivía gran parte del pueblo de Israel, y no lo hizo enseñando nuevos dogmas sino actuando, con su vida. En Él el Reino de Dios se manifiesta. Ya sabemos cómo actúa Dios en el mundo. Dios está allí donde Dios actúa, expresándose en un amor sin límites que pide de cada uno de nosotros que viva aquí y ahora en la bondad, en la tolerancia, en el respeto y en la ternura.

¿A quién le interesa hoy el cielo, el Reino de Dios? ¿Dios muestra, o no muestra, este interés, con más fuerza ante la situación de muerte en la que vivimos? Porque a Jesús le interesó la vida vivida aquí y ahora, y lo hace con la fuerza que nace, que impulsa el Reino de Dios: “Ya está entre nosotros”, y “sabed que el Reino de Dios está cerca” (Lc 21, 31). ¿A quién le interesan la muerte y la vida vividas por Dios, la donación de su Hijo como hermano universal, el Espíritu Santo derramado en nuestros corazones, la Palabra de Dios no reducible a ninguna doctrina e ideología, los signos sacramentales, el vivir que por gracia estamos salvados, la esperanza de la vida eterna? ¿Quién vive en la existencia personal las consecuencias de esta revelación del Reino de Dios?

El Reino de Dios instaura unos criterios nuevos de verdad y eficacia, de esperanza y de vida, que invitan a una conversión y la realizan. Porque una de las innovaciones que el cristianismo lleva a cabo es la asunción de la muerte: al pensarla, acogerla y celebrarla como muerte del Señor que se convierte en nuestra muerte (Cf. Sobre la Muerte, Olegario González de Cardedal). El evangelio de Mateo lo dice claramente: el pueblo de Israel, al no acoger la novedad de Jesús, la está rechazando. Sin embargo los cobradores de impuestos y las prostitutas se han abierto al mensaje de Jesús.

Estamos todos tocados por el Covid-19. Ante la posibilidad de la muerte cercana y real, el cristianismo anuncia que el hombre es capaz de Dios pero, sobre todo, dice que Dios es “capaz de hombre”, de llegar a ser, vivir y padecer como hombre. Desde que Dios en Cristo ha muerto nuestra muerte, ésta ha cambiado de naturaleza. Éste es el anuncio del Reino de Dios “aquí y ahora”.

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El amor de Dios no entiende de horarios, ni de honorarios (retribución). Se pusieron a protestar contra el amo: «Estos últimos han trabajado sólo una hora y les has pagado lo mismo».

No puedo obligar a Dios a que actúe con mis criterios. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

El relato de Mateo tiene el poder de cuestionar, interpretar, comprometer, invitar y movilizar. Dios tiene sus caminos: porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos (Is 55,6-9).

En el evangelio aparece el adverbio “hoy” en varios relatos: Jesús tiene tres “hoy” y una “Hora”: hoy se cumple la palabra que acabáis de escuchar; hoy ha llegado la salvación a esta casa; hoy estarás conmigo en el Paraíso, y por parte de los ángeles: hoy os ha nacido en la ciudad de David un salvador,  y por boca del Padre: Tú eres mi Hijo, yo hoy te he engendrado.

El último “hoy”, última palabra que evoca el jardín bienaventurado (Paraíso), se pronuncia en la desolación del Calvario, y lo destaco porque la más dulce bendición se eleva entre los ultrajes, porque lo que designa la recompensa del justo es dirigido a un bandido que es, sin duda, un asesino. ¿Cuántos méritos adquiridos tenía este bandido? Ninguno.

Jesús sólo tiene una “Hora”, Jesús llama “su hora” al momento supremo hacia el que tiende toda su actividad y para el que realmente ha sido enviado, el momento de la verdad, cuando su ser de Hijo del Padre se manifiesta en su transparencia absoluta: como pura obediencia por amor al Padre y como entrega, que es la expresión del amor del Padre a la humanidad; Hora en la que libremente se entrega por nosotros, sin merecimiento alguno. Este es el Dios que revela Jesucristo, en el que creemos.

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El arrepentimiento (calidad de vida) es un movimiento que lleva al hombre hacia el abrazo. Nada hay más gozoso y consolador. Porque el dolor llega a ser insoportable y en esta experiencia el hombre acoge al Señor que se le lanza al cuello y todo lo que consideraba insoportable se hace pedazos, y en este dolor de generado, de recién nacido, las lágrimas se transforman en llanto de alegría y de fiesta (hijo Pródigo); es un anticipo de la felicidad plena que ansiamos.

El arrepentimiento es un movimiento que pone al hermano en la onda de la relación libre donde incluso la culpa se interpreta en clave de una relación más genuina, es decir, en la clave del Rostro. Es el loco amor de Dios el que me ha alcanzado, porque cuando el hermano pide perdón ya ha sido alcanzado por el amor de Dios, quien se percibe como pecador ya está viendo en el umbral del propio corazón al Señor que llama con la misericordia: su cor está pegado a la miseria humana, miser-cor, y aquí experimento el abrazo de Dios en Jesucristo. Quien no ha experimentado el perdón de Dios está incapacitado para amar, por tanto, lo está para perdonar. El perdón no significa tan solo que el Señor cancele sin más nuestros pecados, sino que la vida vivida sin Dios queda asumida por Él.

Nos confesamos a causa del loco amor de Dios y no por la presión psíquica, porque aquí se siente el desajuste, la regla, la ley y el mandamiento imposible de cumplir. Terminamos abandonando por sernos hostil, negativo. La experiencia de este don es todo lo contrario: experimentar el gozo del perdón de Dios.

Lo real y cotidiano es que nos ofendemos, pero la comunidad tiene un Rey, no para dominar, sino  para que reine en ella el perdón, primer paso hacia el amor.

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Hoy, 6 de septiembre de 2020, a las 17.30, nos ha dejado Maite. Hemos vivido y acompañado sus enfermedades y sus últimos años desde la compañía y consuelo del que hemos sido capaces. Las Comunidades Asís de Málaga nos unimos para hacer una oración de alabanza y acción de gracias a Dios por la vida de nuestra hermana Maite y el testimonio de amor de nuestro hermano Roberto.

La resurrección en la que creemos no es la evasión humana de este mundo, sino la desembocadura que Dios da a quienes se adentran de su mano, por el dolor, en la muerte, como tú nos has testimoniado.

Durante estos últimos nueve años hemos experimentado el amor hecho compañía y solicitud por parte de nuestro hermano Roberto con su mujer Maite.

Hemos sido creados para la compañía y plenitud divinas. Esa plenitud y esa compañía, que son don, son sin embargo la máxima necesidad. Maite ha recibido la solicitud y la entrega hasta el final de este hermano nuestro entregado a ella, sin ninguna limitación. Ha estado siempre a merced de Maite, y ha dejado el futuro en manos de Dios, contando con la gracia de quien acoge nuestra soledad en su compañía.

Roberto ha dejado de lado la propia muerte para integrar la muerte de Maite. Hay que dejar morir al prójimo su propia muerte, la que, de manera inesperada y misteriosa, Dios le ha dado.

Roberto ha vivido la propia vida, como la de Maite, como gracia y logro, con el gozo de la conquista y el agradecimiento del don recibido cada día de nuevo.

Hoy, en las Comunidades Asís de Málaga, desde esta realidad de fe, ha surgido y surge la posibilidad del consuelo ante la desolación y aflicción, y hemos tratado de consolar a nuestro hermano Roberto sin negar los hechos ni el sufrimiento que producen, sino sólo aceptándolo, aligerándolo, haciéndolo más llevadero y superándolo finalmente.  Creemos que el consuelo es posible, ya que la palabra de cada uno de nosotros tiene la capacidad de realizar lo que pronuncia y de anticipar lo que promete. Hemos querido tener palabras verdaderas, amores verdaderos, sanadores y constructores de la persona a la que van dirigidos; en realidad somos nosotros los que, en las 75 comunicaciones que nos ha hecho Roberto desde la contemplación del dolor y la enfermedad, hemos recibido consolación, estímulo y fortalecimiento de nuestra fe. Gracias Roberto.

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Las relaciones humanas profundas, clave de felicidad: hemos sido creados por amor, para vivir en relaciones de amor, no podemos aspirar a más en nuestra vida. El ser humano, sin relaciones de amor y ternura, está muerto. Cortar, impedir las relaciones, es el mayor castigo que podemos sufrir, va contra natura (Covid 19). Estamos enfermos por falta de relaciones humanas gratificantes (no confundir con “me gusta”). Lo sorprendente es que al acercarnos al Antiguo Testamento lo primero que destaca es que Dios toma la iniciativa de establecer con el hombre relaciones directas de amor.

La revelación cristiana (Nuevo Testamento) se distingue por manifestarnos a un Dios que quiere entablar relaciones directas con el hombre. Jesucristo nos muestra su vida como relación permanente con Dios, Abba. La Biblia, al referirse al pecado, casi siempre se refiere al ámbito de la relación. El pecado es concebido como la ruptura de la relación con Dios y con los demás. Adán comienza rompiendo con Dios y enseguida se enfrentan entre ellos; después se enfrentan los hermanos: Caín mata a Abel; más tarde los hijos enfrentan a los padres (Gn 9,18) y por fin terminan enfrentándose todos contra todos en el episodio de la Torre de Babel (Gn 11). Con razón el Libro de los Jubileos llama al príncipe de los demonios Mastema, que significa discordia, odio, división, hostilidad. Hoy el pecado, como ruptura de relaciones de unos contra otros, llega a niveles de eficacia inimaginables. El pecado es hacernos daño unos a otros, a nosotros mismos. No recibe Dios ofensa de nosotros sino por obrar contra nosotros, contra nuestro bien.  Perdonar al que nos ha ofendido es posibilitarle la experiencia gozosa de que Dios no lo identifica con su pasado, pero pide reparar el daño producido, y equivale a recuperar la inocencia perdida.

Mateo se encuentra en su comunidad con esta realidad, la ruptura de relaciones entre los hermanos, y marca el camino a seguir para que se dé la reconciliación: Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas  (inter te et ipsum solum).

Buscamos muchas veces criterios para discernir en las situaciones de conflictos, y nos olvidamos de este principio que Mateo nos da: Vade, et corripe eum inter te et ipsum solum. No dice entre nosotros, sino inter te et ipsum solum, entre tú y él sólo y solo.Si te hace caso has salvado a tu hermano.

Y nos recuerda que tienes que perdonarle para que también a ti se te perdone tu pecado. Por muy cierto que sea que tú tienes razón y el otro ha actuado mal contigo, el evangelio insiste primero en que veas tu propio pecado, antes que el suyo.

Tú tienes la obligación de salvar a tu hermano de su pecado, si te hace caso; y si no te hace caso llama a dos o tres, pero no a los que te van dar a ti la razón, sino a aquellos que ayuden a discernir según el evangelio. Busca hombres o mujeres de fuerte espiritualidad y experiencia, que busquen el simbolum, que unan, junten, reúnan.De lo contrario pueden surgir grupos, entre sí divididos: “Yo soy de Pablo; yo soy de Apolo; y yo de Cefas, y yo de Cristo. ¿Acaso está Cristo dividido? (1Cor 1,12). El criterio siempre es la unidad, la división es fruto del maligno. El encuentro pide claridad, verdad, caridad, claves en las que se debe mover todo diálogo.

No hay que extrañarse de que surjan tensiones entre hermanos, en la comunidad, lo importante es el modo de afrontarlos. Mateo 18 nos manifiesta que existen tensiones en su comunidad -han existido, existen y existirán-, una comunidad que se está configurando, queriendo ser fiel al evangelio, y que se encuentra con la realidad cotidiana de las ofensas y nos muestra, no sólo la manera de proceder, sino las claves del discernimiento en caso de conflicto entre hermanos en el seno de la comunidad (es evidente que presupone una comunidad concreta): si tu  hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas, no dice inter nos (entre nosotros). Los “asamblearismos” y “comunitarismos” anulan a las personas, en ellos nos ocultamos unos a otros o buscamos apoyos en otros… dice inter te, que seas tú y él sólo y a solas los que os pongáis en paz. Que no vayas a otro a contarle el pecado de tu hermano. No olvides que esto pide humildad: reconocer que yo también soy pecador. Esta norma es fundamental. ¡Cuántos problemas que llegan a no tener solución parten de olvidar este principio, este mandato, esta extraordinaria indicación para afrontar y solucionar conflictos! Las murmuraciones, los chismes, los grupos enfrentados, que dividen a una comunidad, son el certificado de su defunción. El mal nace de aquí. El diabolum lo único que busca es la división, el enfrentamiento.

¿Qué papel tiene la comunidad en los conflictos? La alegría que siente la comunidad cuando uno de sus miembros vuelve de nuevo al redil actualiza la parábola de la oveja pedida. Si te callas ante el mal de tu hermano, puede ser que cuando quieras actuar sea demasiado tarde. Afrontamos el tema del pecado, no tanto como un proceso en el que el hermano se sienta culpabilizado, sino como una oferta para que vuelva al seno de la comunidad.

Mateo insiste en atar y desatar, en promover la interpretación justa en cada situación, buscando el bien del hermano, donde la Escritura y su actualización es pan de cada día. ¿Es así entre nosotros o la Palabra de Dios brilla por su ausencia? Por otra parte las decisiones hechas en común, buscando el bien y en el nombre de Dios, están convalidadas por el Padre que se alegra de que el hermano encuentre de nuevo el calor, el apoyo y el sentido de pertenencia a la comunidad. Sí, creemos en lo que Jesús nos dice: “que si dos de vosotros os ponéis de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

Dile al que te ha ofendido que le has perdonado para que experimente gozoso que Dios ya no lo identifica con su pasado, esto es magnífico, porque equivale a recuperar la inocencia perdida y porque así es y actúa Dios con quien con humildad reconoce su pecado. Esto no es fácil… pide oración y fe.

Francisco Cano

Queridos hermanos y hermanas de las Comunidades Asís:

Nuestra querida hermana Mariví nos ha dejado para irse a la casa del Padre. Para nosotros fallecer no supone el final, el final es la Vida en Dios por siempre. Ella, que durante su vida buscó siempre la felicidad, vivió la fe con interés y la profundizó a lo largo de su vida sin dejar de sorprenderse por Jesús, a quien amó y sirvió en los pobres, por fin se ha encontrado con quien siempre la acompañó en su vida y, por su infinita misericordia, contempla ahora cara a cara a quien siempre siguió desde la fe. Sentimos profundo dolor por su ausencia. Su testimonio de vida, hecho sencillez diaria para quienes con ella nos encontrábamos todos los días en la Asociación, en el rezo matutino, en su solicitud y atención por todos y sobre todo en su testimonio en La Comunidad de Afiliados, perdura por siempre en quienes hemos vivido con ella como hermanos, fraternidad que ahora ha llegado a su plenitud: Hijos y hermanos para siempre.

Lo único que queda es el amor. En medio de la enfermedad fuerte que ha padecido, ella intuyó lo que es la vida. Y la vida también es agradecimiento, ese profundo agradecimiento de todos nosotros que hemos convivido con ella. La Comunidad ha estado a su lado a través de hermanas y hermanos que hasta el último día la han acompañado. Esta es la experiencia que hemos vivido en la comunidad Asís: ayudar a la hermana a regresar a su casa. No quiero nombrar a hermanos y hermanas concretos, porque todos de una manera u otra la hemos acompañado.

Nuestra hermana nos dice: “Yo me he ido a la casa del Padre, te espero, estoy al otro lado del camino, del único camino que es Cristo muerto y resucitado”. Todo va bien. No estemos tristes. Volveremos a encontrarnos libres de limitaciones en la gloria sin fin que es Dios.

La muerte no es un salto en el vacío, es lanzarse en los brazos del Señor, es oír la invitación que no se merece uno, pero que se realiza verdaderamente: “Ven, sierva buena y fiel, entra en el gozo de tu Señor”; es alcanzar el fin de la esperanza y de la fe, para vivir en la caridad eterna e infinita. Mariví ha dicho ya el último amén de su vida, el primer aleluya de su eternidad.

Hoy celebraré la primera misa, en los Maristas, a las 13h., aunque por motivo de Covid-19 no podréis asistir, pero a las 18h. la Comunidad Asís celebrará otra misa por videoconferencia. Mañana estoy lejos de Málaga. En su momento lo celebraremos juntos, con gozo y alegría por el don de esta hermana, que ya es nuestra intercesora en los cielos. Gracias Mariví, tennos presentes, seguro que lo harás, porque así lo has hecho mientras peregrinabas con nosotros. Tú siempre nos has mostrado la vulnerabilidad y la fortaleza. Todos los días escucharemos tu saludo, que transformaremos en oración por ti. Hasta muy pronto, en nombre de todas las Comunidades Asís.

Francisco

  ¿Alzamos la mirada al cielo o la bajamos hacia la tierra? ¿De qué estamos hablando? Jesús, ¿qué nos indica con este gesto? Existen y existirán las dos posturas. La primera nos invita a tener confianza en Dios, a levantar los ojos teniendo confianza en el futuro. Esto es afirmar que el hombre no tiene en sus manos el futuro. La segunda sigue afirmando que no hay esperanza posible más allá de la que el hombre pueda conseguir con sus propias fuerzas. ¿Son opuestas estas dos posturas existenciales? ¿Hay que dejarlo todo en manos de Dios? Parece que no. La respuesta primera de Jesús ante el hambre nos toca a nosotros: “Dadles vosotros de comer”. La evasión en Dios no es posible en la espiritualidad cristiana. Dios se hizo carne, y al margen de la carne no hay Dios. La oración cristiana siempre parte de las necesidades de los hombres. No es buscar mis necesidades intimistas, ni la paz interior al margen de los sufrimientos y necesidades de los más necesitados -intimismos que cierran los ojos al dolor y sufrimiento-.  Jesús vio, se compadeció y curó, y ante el hambre, primero pide qué puedes poner tú y luego actúa él poniendo su confianza en Dios. Jesús antes había estado solo “en un lugar desierto”, y ante el hambre, alza la mirada y pronuncia la bendición. Aquí no hay ideología altruista, sino encuentro con Dios en el dolor ajeno.

  El evangelio nos muestra que la gente que sigue a Jesús no forma parte de los grupos de presión política o religiosa o con función legislativa…, los que van detrás de Jesús son los que tienen hambre profunda sin saciar. ¿De qué se compadece Jesús? ¿Por qué se le conmueven las entrañas? ¿Por qué no se queda impasible? Porque tienen carencia humana y espiritual: hambre real, la física, pero la comprensión que entronca con lo profundo del ser humano le lleva a descubrir las carencias más dolorosas: las del corazón. Y éstas no se ven. Así que el saciar el hambre física se trasciende pasando a ser el milagro de la saciedad del hambre profunda del ser humano.

  No hay espiritualidad cristiana separada de la cruz, separando la carne del espíritu. No hay espiritualidad cristiana al margen de la lucha por la justicia, al margen de la dignidad del ser humano. Quien no pone su vida al servicio de saciar el hambre, separa la carne. Nuestra oración no es evasión de los individuos, sino comunión entre personas y, por ello, es relación interpersonal. La oración pide ir más allá del ego. La oración cristiana no nos lleva a diluirnos en una unidad sin rostro, sin historia, y sin carne, sino a ser nosotros mismos en la plenitud de un Dios comunión, comunión interpersonal. La oración de Jesús no es su espiritualidad abstracta. Es una oración que supera la mentira de nuestro egoísmo, que pasa por el control de la veracidad de la compasión con una atención preferente a la gente infrapersonalizada. Porque ellos eran, y siguen siendo, la historia, la carne y el rostro por el que hay que pasar para que nuestra oración no sea una evasión, evasión de la carne.  Así la oración, cuando se practica, es experiencia de unión con lo que decimos cuando decimos “Dios” en sus preferidos: los pobres, los hambrientos, los crucificados de todos los tiempos.           

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          “El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo… el que lo encuentra, vende todo lo que tiene y compra el campo”.

          Lo más importante que debemos buscar, el tesoro, es la sabiduría, porque es más importante que las riquezas. Por este tesoro lo dejo todo. Saber discernir para escoger lo que más conviene al desarrollo personal y al de los demás, de forma que seamos referencia para el crecimiento personal, es ser sabios. Esa sabiduría se la pidió Salomón al Señor (1Re 3,5.7-12): “un corazón sabio e inteligente”. La sabiduría la necesitamos para poder vivir con profundidad y gozo la existencia. Para poder elegir y dejar lo que ya tenemos, necesitamos la experiencia de haber encontrado el tesoro más importante en nuestra vida, y éste es el encuentro con la Persona de Jesucristo: experiencia de Tabor, que pasa por el Triduo Pascual, para ser testigo de las Bienaventuranzas. Este encuentro cambia la vida, marca un antes y un después; de aquí nace la radicalidad y la decisión que son fundamentales en el seguidor de Jesús. Sin experiencia personal y profunda de haber encontrado el Reino de Dios, nuestra vida -dice Jesús- se pierde por querer ganarla, y termina en fracaso. ¿Qué es lo que de verdad te importa? ¿Qué estás dispuesto a vender para conseguirlo? “Vende todo lo que tienes y compra el campo”. Esto es fácil saberlo: ¿dónde tienes puesto tu corazón? Jesús nos dice que lo fundamental es “buscar el Reino de Dios y su justicia”.

          Estos meses nos han cambiado rápidamente la vida para bien o para mal, nadie ha quedado al margen. Han sido y están siendo un tiempo de purificación. El silencio de Dios nos remite al silencio de Jesús de Nazaret, a un Sábado Santo, un día existencial ubicado entre el drama del Viernes Santo y la descolocante sorpresa del Domingo de Resurrección.

          Los creyentes nos hemos organizado creando mediaciones nuevas para compartir la fe, para celebrar desde la virtualidad: presencia a través del mundo digital. Esta experiencia nos ha llevado a una reflexión orada y compartida sobre lo fundamental: plantearnos de forma radical nuestra forma de vivir. Es como una nueva etapa fundacional. La Iglesia institucional ha entrado en la cotidianidad de la vida familiar, aumentando la conciencia de realidad doméstica.

          ¿Qué es volver a lo esencial? Pasar de estar encerrados en nuestras casas a descubrir que ahí en la casa es donde Dios quiere que descubramos la importancia que tiene para la vida de fe esta mediación del oikos: salida a las plazas a anunciar que Cristo Vive. Para Jesús el oikos fue un lugar privilegiado de su misión, no fue el templo, sino las casas y la calle. “Donde dos o tres están congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20). Haber descubierto que es la casa el lugar privilegiado para vivir, celebrar, compartir, acoger, comunicar la vida, la fe, el amor y la misión es lo que pide una evangelización renovada. “Lo de siempre” ya hemos visto que no responde a los nuevos tiempos.

          Se ha constatado que no sabemos orar solos, que no vivimos que el templo de Dios somos cada uno de nosotros y que no hay que ir a la parroquia para rezar. Muchos no viven lo más característico del sacramento del matrimonio: ser iglesia doméstica, cuyo protagonismo es laical y no clerical, abierto a la sinodalidad (caminar juntos). Otros matrimonios han redescubierto su vocación de  construir Iglesia desde la iglesia doméstica. ¿Esta es una nueva forma de vivir la Iglesia? Creo que, más bien, es volver a los orígenes de los primeros siglos del cristianismo, cuando no existían ni parroquias, ni lugares de culto público, ni basílicas, ni santuarios, ni lugares de peregrinación, ni diócesis, pero sí una eclesiología de comunión, de solidaridad, de evangelización y testimonio desde la debilidad y pobreza de medios, y, sin embargo, fue una época gloriosa en la Iglesia. No existía una sociedad cristiana, ni la sociedad de cristiandad que algunos hoy añoran. En el Concilio Vaticano II (LG 11) encontramos la referencia a la “Iglesia doméstica”. Al hablar del sacramento del matrimonio dice: “En esta especie de Iglesia doméstica los padres deben ser para su hijos los primeros predicadores de la fe mediante la palabra y el ejemplo y fomentar la vocación propia de cada uno…”, y el Papa Francisco en AL 67 insiste: “Los esposos son consagrados y, mediante una gracia propia, edifican el Cuerpo de Cristo y constituyen una iglesia doméstica, de manera que la Iglesia, para comprender plenamente su misterio, mira a la familia cristiana, que lo manifiesta de modo genuino”. Dice que la Iglesia mira a la familia cristiana “para comprender su misterio”. ¿Sólo palabras?

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         La experiencia de la humanidad hoy, con el Covid-19 es incertidumbre, miedo, inseguridad, tristeza, falta de sentido (campo psicológico, por ejemplo depresión) causados por un virus que nos ha venido; pero nos han venido con él otros “males” adyacentes, que no son tales: la “purificación”, el desapego a tantos ídolos, necesario para que surja algo nuevo (campo teológico: noche oscura). No es lo mismo depresión que noche oscura, aquí Dios está hablando. El hombre no tiene en su mano el mundo, se le escapa, no lo domina. Nos han engañado, hemos sido unos crédulos. La ruptura es dramática, lo queramos o no lo queramos. Nos vemos peores que antes, pero puede que sea para ir mejor. A través de la purificación de los apegos Dios está actuando. ¿No es esto positivo? Se necesita humildad para poder aceptar este lenguaje de Dios en la tribulación.Cualquier experiencia de la vida nos puede introducir en la “noche”. La del Covid-19 también.

          Entrar en la dinámica de la historia, sin pretender exigir aquí y ahora el “ya” del Reino… Son muchos los que quieren ver ya el final de la historia: les falta perspectiva histórica. No soportan la oscuridad, la inmediatez les domina. Nos hemos creído que lo podemos todo. El hombre no tiene en su mano el mundo, se le escapa. Sí, soñábamos que la biomedicina en el futuro nos libraría de la muerte. Y no, no es así.  Hemos dado culto a dioses que se pensaba que no tenían límites, que esconden, como siempre, tristeza, esclavitud, desesperación, sufrimiento que Dios no quiere. Han engañado a muchos, hemos sido crédulos.  

          No soportamos los procesos, y sólo queremos ver la alegría de un final feliz. Y así estamos oyendo, escribiendo, polemizando sobre el Covid-19 y lo único que sacamos en claro son improvisaciones, prisas que sólo conducen a emitir juicios o decisiones equivocadas, y nos olvidamos de que no hay forma más hermosa de buscar y anunciar la verdad de Dios que la fraternidad y la solidaridad con el mundo en el que Dios quiere ser el amigo. ¿Puede ser creíble este mensaje? ¿Quién habla y testimonia esto? ¿Es que no es esto lo fundamental?

          ¡O sea, que la respuesta la tenemos nosotros! La revelación bíblica nos recuerda constantemente que la alianza entre los humanos y Dios, hace imperativa la denuncia y el abandono de los ídolos. ¿No es evidente la caída de los ídolos con el Covid-19? ¡Cómo se resisten! Hoy como ayer nos enfrentamos a este desafío. Es bueno que el confinamiento tenga una influencia en la mentalidad materialista que ha desestabilizado las sociedades que se habían establecido bajo la ilusión del control, y esto ha saltado por los aires, y han salido los desequilibrios ocultos, los desastres enterrados: consumismo, materialismo, individualismo, indiferencia ante el planeta tierra y sus recursos limitados…

          ¿No es esto purificación pasiva? Sí, pasiva porque nos ha venido, y nos esta purificando de los dioses a los que damos culto (aquí hemos sido activos), si sabemos aceptarla. La plenitud que nos asegura el Reino de Dios va precedida de una historia que se desarrolla en medio de contradicciones, de violencias y de procesos que intentan pararlo, impedirlo. La perspectiva de Dios es distinta: sólo al final de la historia se puede emitir un juicio sobre el ser humano y sobre la historia.

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          Durante el tiempo de confinamiento científicos, filósofos, intelectuales y teólogos han puesto en comunicación interesantes reflexiones sobre el después. Estas reflexiones deben ser desconfinadas y puestas en diálogo para hacer posible nuestro futuro común y que no sean palabra del pasado, sino fraterna palabra del futuro.

          El futuro le pertenece a Dios, pero el esfuerzo de colaborar con Él nos pertenece a nosotros. Estamos viviendo como lo que se ha llamado “la nueva normalidad”, y requiere una nueva actitud para situarse ante ella: lo perdido no nos conduce a ningún lugar.

          Nosotros tenemos que saber articular un mensaje razonable y fundamentado en la esperanza. Pero no nos engañemos: alcanzar el bien es arduo, y sobre todo tomar conciencia de que el mal está ahí en nosotros y que se manifiesta de muchas maneras en la vida de cada uno. Tiene rostros concretos. Sí, sólo hace ver, escuchar noticias negativas y una moral de derrota. ¿Esto sólo ocurre a otros o nos pasa a los creyentes también? Observemos nuestra manera de sentir, pensar, hablar y actuar.

          La esperanza es nuestra fuerza, un depósito de energía, pero esto no es compatible con el desencanto de algunos.

          ¿Con quién se ceba la crisis actual? Con los más débiles, en quienes crea impotencia y miedo, inseguridad, vacío. Los creyentes no nos vemos libres de esta experiencia.

          Ahora es cuando hace más falta la confianza y la creatividad. ¿Qué estamos haciendo? Empecemos por cambiar actitudes, procedimientos y estilos de vida. Porque ya sabemos lo que produce el tóxico Covid-19: gente amargada, criticona y asqueada.

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