Os ofrecemos el libro que la editorial PPC ha puesto ya a vuestra disposición en las librerías.

En Málaga podéis encontrarlo en la librería Renacer (C/ Carretería, 67) y la librería Diocesana de Catequesis (pie de la torre de la Catedral).

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Queridos hermanos: la pandemia nos vuelve a impedir celebrar juntos vuestro aniversario, pero no por eso olvidamos recuerdos y experiencias. Os unisteis primero como hermanos, en segundo lugar os unisteis en noviazgo, como vocación a dos, y luego celebramos vuestro matrimonio rodeados de una inmensa familia de pobres, jóvenes, alejados, excluidos, extranjeros… y desde ahí habéis formado vuestra familia, rodeados de vuestras tres preciosas hijas.

Sumad ahora el coro de miles de pobres a los que habéis servido y entregado vuestro tiempo, vida y preocupaciones, que gritan con el corazón: ¡gracias, porque vosotros habéis hecho posible que nuestras vidas recobren dignidad, sentido, reconocimiento!

¡Gracias! ¡Vuestra vida no ha sido frustrada! No habéis frustrado la vida de tantos. Ante las dificultades, fracasos, enfermedad, ahí estáis siendo vivo testimonio. Sí, hermanos, nos producís admiración, reconocimiento… pero esto poco importa, porque los que os reconocen son los pobres, es Jesús a quien servís en ellos y es Jesús el que os dice: “A mí en persona me habéis servido”.

Lo primero: gracias a Jesús, nuestro Hermano, que os llamó a seguirle en comunidad de hermanos, desde la Iglesia doméstica que todos los días construís con la ayuda del Espíritu Santo. ¡Cuánto hemos recibido y, sobre todo, han recibido los pobres por medio vuestro! Ellos no os dicen que no sois ejemplo, sino todo lo contrario: sin vosotros su vida no hubiese sido lo que es. ¡Gracias!

Llenos de gozo damos gracias por estos 11 años de fidelidad al amor, a la palabra dada al Señor. Gracias por vuestro amor fecundo, significado en vuestras tres maravillosas hijas y en tantos pobres.

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“Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando […], os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros”.

La amistad es el bien más precioso y raro. El amor es gratificante porque es libre. No se trata de creer, sino de experimentar: “Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud”. Es experiencia de vida: aquel que no se experimenta amado, difícilmente puede amar. Las palabras de Jesús tienen una fuerza enorme por la conexión que existe entre amor y libertad. Sólo experimentamos la verdadera alegría y gozo por vivir cuando experimentamos que alguien nos ama sin verse forzado a ello, porque me quiere desde la más plena libertad. Esto es tan fantástico que se convierte por ello en la mayor fuente de alegría. Y no hay nada en el mundo que se le pueda comparar. El fracaso de una vida no está en tantas experiencias de las que hablamos en muchos campos de la existencia, que no han sido gratificantes…,  nos confundimos, lo único que en la vida produce una alegría que no se puede comprar ni conseguir por el propio esfuerzo es la amistad. El que alguien me quiera desinteresadamente se convierte en fuente de autoestima, de gratitud y de seguridad.

No hay forma de relación más gratificante que la amistad. Esto es el cielo en la tierra. El mandamiento del amor de Jesús se presenta como un camino de alegría, de gozo. Algunos creen que las relaciones de amistad son las de parentesco, pero no se muestra así, porque el parentesco no es elegido, ni libre, pero la amistad sí lo es. ¿Que esto es raro (la amistad), aun siendo el bien más precioso? Pues sí. Jesús nos muestra el camino para salir de esta cerrazón. Construye su argumento en que permanezcamos en su amor, que es lo mismo que ser fiel a una relación con otra persona. Pero la fidelidad en el amor, el cariño y el respeto sólo se puede hacer desde la libertad. ¡Cuántas trampas! ¡Qué fácil es caer! ¿Por qué?, ¿por qué? Estamos hablando de relaciones humanas y de relaciones con Dios que sólo se pueden dar y hacer crecer desde la fidelidad, desde el ser fieles a una amistad entre iguales: “ya no os llamo siervos, sino amigos” (Jn 15,15). Uno es fiel a una amistad desde la convicción de que, pase lo que pase y suceda lo que suceda, se mantiene libremente: a mayor fidelidad en la relación, mayor libertad. Todo esto tiene una finalidad: llegar a una alegría que llegue a su plenitud.

¿Quién cree en esto? No se trata de creer sino de experimentar. La respuesta es clara: la relación fiel con Jesús es la mayor fuente de felicidad a la que podemos aspirar en esta vida. Una relación con Cristo, con Dios como fuente de problemas, conflictos y frustraciones, no es relación con Cristo, sino con nuestros trastornos. Jesús nos llama a vivir la fe como amistad. Y en la línea horizontal nos preguntamos si me sienten amigos suyos los que yo llamo hermanos, creyentes. Vivamos haciendo memoria de Jesús: “Esto os mando: que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Pues bien, estas palabras son el centro del cristianismo, es su testamento: “esto os mando…”. Y si no vivimos esto, traicionamos la memoria de Jesús.

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La bondad o la maldad de una conducta se calculan y se mide por los resultados que produce. La alegoría de la vid resalta la unidad de Jesús y sus seguidores. La vid, de cuyo cuidado está a cargo Dios, tiene una función: la limpieza y la poda. El fruto es la razón de nuestra propia existencia, y cuando esto no se da se produce la poda. ¿Qué fruto? Amar, el amor mutuo, el amor a los hermanos.

La vida está llena cruces, de no-vida, de virus mortal para muchas vidas de todo tipo de personas. Esta experiencia a muchos nos ha llevado a unirnos más, y a otros a separarse más. El virus, aunque parezca contradictorio, nos ha hecho estar más cercanos, sin tocarnos. Juan lo expresa con la imagen de la vid y los sarmientos. La vida llega a todos los sarmientos, pero algunos sobran. Si se quiere buena cosecha, hay que podar para que den fruto. No sé cómo experimentamos en nosotros esta poda desde la experiencia del Covid, pero que ha habido poda es evidente, hemos tenido que tomar conciencia, por las buenas o por las malas, de que hay que dejar, soltar, desapegarnos de tanto sarmiento inútil, perjudicial, que estaba ahogando nuestra vida y no le permitía dar fruto. Esto es muy positivo, y ha venido por un virus que nos ha podado. ¿Contradicción? No, realismo, que nos ha situado ante la verdad de nuestras vidas. La verdad nos hace libres, personas que no interrumpimos el proceso de crecimiento, capaces de ser y vivir como adultas. Y esto ha sido así si nos hemos sabido cuidar con el pan de la Verdad y del Bien y si hemos sabido beber el vino de la buena Amistad. Nosotros los hemos intentado de forma permanente, discerniendo, porque la comunidad que no lleva a cabo este proceso se seca, se muere, y al final todo el trabajo desaparece para la vida de los pobres. ¡Aprendamos! La huida ha sido evidente y masiva. También existen los que buscan, vuelven, pocos, pero existen, estemos atentos.

La comunidad de Juan está en la expansión, y Jesús empieza con una advertencia severa que define la misión de esta comunidad: no somos un ghetto, sino una comunidad en expansión. Esto lo ha puesto de manifiesto-paradojas de la vida-la pandemia. Todo sarmiento que esté vivo tiene que dar fruto. Cada uno de nosotros, si está vivo, tiene que dar fruto, cada uno tiene un crecimiento que efectuar y una misión que cumplir. Llama la atención que Jesús no excluye a nadie, pero el Padre sí. El Padre se encarga de podar la viña, pero somos nosotros, al situarnos, al negarnos a amar, los que nos sentenciamos, y este es aquel que pertenece a la comunidad pero no responde al Espíritu.

El Covid, Dios no lo ha enviado para realizar la poda, Dios no mata, pero tampoco cura, por lo que vemos; pero como no dábamos fruto, el Padre hace la limpia para poder crecer, eliminando factores de muerte, y por esto nos hace más auténticos, más libres. Si os quedáis conmigo, fecundidad, daréis fruto y lo que pidáis se os concederá. Condición: permanecer unidos a Él. Si hay separación, se interrumpe el flujo de la vida, y no se trata de la adhesión solo de cada uno, sino de la comunidad, el ambiente entre nosotros. ¿En qué atmósfera vivimos en la comunidad? ¿En la del servicio, en la del amor a los pobres? Pues, si es así, ésta es la atmósfera que quiere Jesús, y nos hará fecundos. Si estamos unidos entre nosotros a Jesús, y entregados a la misión, podemos pedir lo que queramos. La comunidad es, pues, el lugar delimitado por el amor-lealtad de Jesús, donde son visibles sus efectos: ese amor es su atmósfera y su experiencia, con una observación: no existe ese amor a Jesús, ni vida bajo su influjo, si no desemboca en el compromiso por los otros.

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Necesitamos acompañantes en el camino de la vida que ayuden a discernir (Pastores). Vivimos inmersos en una muchedumbre solitaria (lonely crowd).

Estamos celebrando la decisión libre y generosa de la entrega de Jesús, celebración de la Vida que brota del amor y la fidelidad. Seguimos a Jesús, muerto y resucitado, único Pastor, pero para hacer este seguimiento son necesarios acompañantes, guías lúcidos e ilustrados.

Jesús nos muestra, primero con su persona y con su palabra, la identidad de los buenos pastores: dan la vida por sus ovejas.

Hemos pasado de “confesor”, de “padre espiritual”, de “director espiritual”, a “maestros” en todo, lo que pone de manifiesto que necesitamos “referentes” en todos los campos de la vida humana.

En los momentos actuales de pandemia-de prueba- debemos manifestar nuestra fe vigorosa en el camino dificultoso actual, que lleva a Cristo a través de la paciencia en los trabajos, sabiendo que Dios sufre con nostros, “non potest pati, sed compati”, no padece, pero puede com-padecer. Podemos manifestar nuestra furia a Dios, contra Dios, pero le hablo a Él, y en ello hay una profesión de fe en Dios. Porque cuando se cree en Dios se le puede decir todo. ¿Cómo vamos a profesar que Jesús es el Buen Pastor que da su vida por las ovejas cuando nos estamos muriendo y sufriendo por el mal? Sí, el mundo es demasiado malo para ser obra de Dios, pero también demasiado bueno para ser obra del azar. ¿Acaso la falta de fe es capaz de consolar mejor el dolor inocente, incomprensible y absurdo? Dios ni mata ni cura; pero sí nos ha dado inteligencia para luchar contra el Covid y los demás males que afligen a la humanidad. Esto es ser pastor hoy. Ahí están miles de personas que han dado la vida por cuidar a los demás. El Espíritu ha derramado su amor en nuestros corazones para que, en su nombre y con su fuerza, acompañemos al prójimo sufriente.

Se nos habían subido los humos a la cabeza, y puede ser que lo peor de todo sea que no hayamos aprendido nada de la experiencia vivida. Esta pandemia nos avisa de que es preciso cambiar el modo de vivir y abrir la senda a un mundo mejor. Empecemos por crear vínculos profundos y duraderos, espacios en los que la persona sea acogida, reconocida y escuchada. La gente paga para encontrar a uno que les escuche. Tenemos que potenciar el acompañamiento. Hay inquietudes que necesitan ser escuchadas, porque la comunicación real, vis a vis, es la única sanadora y que puede terminar en una comunidad de acogida.

Acoger significa, en primer lugar, amar. Y en segundo lugar escuchar, dejar que se explaye a su gusto, porque necesitamos todos y en todas las edades, personas que nos acompañen en el camino de la vida. La falta de guías, y la no búsqueda de los mismos, nos ha llevado a la situación actual: jóvenes desorientados, sin referentes, adultos sin criterio de discernimiento en las situaciones de la vida, complejas y difíciles. Vivimos en un mar de confusión y con muchos maestros que proponen caminos que no son los de Jesús. Pues bien, si no hay guías, pastores que acompañen y orienten y protejan, el rebaño se pierde, se desorienta, se extravía y se precipita en la ruina y en la descomposición.

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Ante la absurda consideración de la resurrección, para los griegos de ayer y los de hoy, Lucas insiste en la realidad física del cuerpo de Jesús resucitado. A muchos cristianos la resurrección corporal de Jesús les inquieta, pero hay que recordar que no estamos ante la carne y la sangre “histórica” del Jesús que anduvo por el mundo, esas ya no existen, estamos ante Jesús resucitado, no ante un cuerpo que ha revivido; es cuerpo transformado y transcendente. El Evangelio muestra, propone, la fe cristiana: la realidad de alma y cuerpo no van separadas, dualismo platónico, sino que nos presenta el cuerpo Resucitado. ¿Cómo tomar en serio la resurrección corporal de Jesús? ¿Qué significa la “resurrección del cuerpo”? Accedemos a la Presencia del Resucitado de una forma sencilla con un acto de fe, y comprendemos lo que había ocurrido en la Pasión, en la meditación de las Escrituras. La afirmación de la fe es contundente: no existe una vida posterior del alma en el más allá sin la resurrección corporal. No estamos pretendiendo demostrar nada, porque la resurrección de Jesús sólo puede ser comprendida desde la fe. Pero sí podemos mostrar los efectos que produce en quienes creen. Los discípulos, en su testimonio, no se limitan a la resurrección como un acontecimiento puntual, sino que incluye el reconocimiento de Jesús, que anuncia el Reino de Dios con palabras y obras; son su vida y obra las que abren para los discípulos el sentido de las Escrituras. Las apariciones tienen por finalidad mostrar que el Resucitado es el mismo que el Crucificado. Cuerpo glorioso al que no le afectan ni el espacio ni el tiempo. Y esto es fundamental porque es así como Jesús puede estar en el corazón de nuestra historia, de nuestra vida, en la eucaristía. Jesús Resucitado está vivo y sigue salvando.

Necesitamos la fuerza del Espíritu, como Jesús y los discípulos, y en esa fuerza llegamos a ser testigos. En una palabra, es imposible que encontremos fuera, la paz y alegría que sólo Jesús infunde,  las pruebas de su resurrección. Lucas nos viene a decir que en el encuentro con Jesús hay de todo y nos muestra varias experiencias: la mayoría no han tenido ninguna experiencia. Es muy realista, algunos se asustan, otros creen ver un fantasma, en otros surgen dudas y también hay quienes no acaban de creer, otros siguen atónitos. Y nosotros nos podemos preguntar, ¿será verdad algo tan grande?, ¿podemos creer en Dios en medio de la pandemia y del mal? La respuesta a esta pregunta la tenemos en la vida, porque la fe en Cristo no va surgiendo de manera automática, sino poco a poco. Lo experimentamos en el gozo que sentimos cuando la palabra nos va abriendo el entendimiento, como a los discípulos, como a los de Emaús,  para que podamos comprender lo sucedido: la muerte de Jesús. ¿Cómo Dios tolera, soporta, sufre, la muerte del justo o lleva con paciencia la muerte de Jesús? La fe nos dice que Dios sufre con nosotros, y sufre por amor y no puede dejar de hacer suyo el sufrimiento de los demás. “Sí, tengo dificultades con Dios, pero Dios también tiene dificultades conmigo”, dice E. Wiesel  en “Esperar a pesar de todo”. Este judío de Transilvania encerrado en los campos de concentración de Auschwitz y pudo sobrevivir hasta la llegada de los Aliados. Y Jean Rostand, ateo confeso, hacía esta honrada confesión: “El problema no es que haya mal. Al contrario, lo que me extraña es el bien…, el milagro de la ternura, esos pequeños relámpagos de bondad, esos rasgos de ternura son para mí un problema”.

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Jesús, en su condición de resucitado, no vive alejado de este mundo. El Resucitado está vinculado a la condición carnal. No es un fantasma. La aparición de Jesús Resucitado en la comunidad es singular porque no estamos sólo ante la presencia del crucificado (viernes santo), ni ante su presencia en Emaús (fracaso), ni ante la presencia eucarística (última cena), ni ante su presencia en los pobres, sino ante la continuidad entre el pasado y el presente de Jesús, expresada a través de su realidad humana. El cuerpo de Jesús tiene una cualificación: es el que ha pasado, a través de la muerte, con la llaga del costado y las señales de los clavos en las manos, y así quedará para siempre, en su estado definitivo. La resurrección no lo despoja de su condición humana anterior, ni significa el paso a una condición de ser superior a la humana, sino que es la condición humana llevada a su cumbre, y asume toda su historia precedente. El que está vivo delante de ellos es el mismo que murió en la cruz. La permanencia de las señales en las manos y el costado indica la presencia de su amor: se perpetúa la escena de la cruz. Lo que Juan describió en el Calvario como signo, a la vista del mundo entero, del Hombre levantado en lo alto, del que fluía la vida, se propone aquí y ahora como experiencia de Jesús en el ámbito de la comunidad, y desde este pasado les ofrece la paz.

Jesús nos da su Paz, en medio de la turbación, de la tribulación, del miedo que sentimos los creyentes…, no sólo por la pandemia, sino por algo más duro: el rechazo que experimentamos a causa de nuestras opciones de vida como seguidores de Jesús; no sólo en los que no son creyentes, sino también en los que se dicen creyentes y viven dentro de la comunidad eclesial. Lo que sucede es que los creyentes, en medio de todo, sabemos encontrar la paz de Jesús como regalo que nos libera del miedo y la tristeza. Estamos ante el Cristo Resucitado y Glorioso que lleva como signo las llagas: triunfo sobre la muerte, el sufrimiento, el dolor, la exclusión. Estamos ante la paradoja del evangelio, ante un misterio hecho de contrarios: turbación y paz, duelo y alegría, muerte y vida y la primera paradoja con la que nos encontramos es que Dios entra por lo sentidos: llaga y cicatrices con vida y esperanza.

Se aprende por medio de los sentidos, casi todos podemos tocar, ver, oír, pero lo que supera el alcance de los sentidos, lo no natural, decimos que pertenece al campo de lo sobrenatural. Hoy no se trata de ver para creer, sino de creer para ver. Con santo Tomás de Aquino, al referirse a la eucaristía, a nosotros nos toca rezar negando. “Al juzgar de Ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto” (visus, tactus, in te fallitur), pero basta el oído para creer con firmeza todo lo que ha dicho el Hijo de Dios. Sólo nos queda el oído para creer (sed auditu solo tuto creditur). Ahora otro Tomás está delante de un Jesús que se presentó ensañándoles las manos y el costado, luego el Dios cristiano que se nos revela en Jesús entra por los sentidos: el oído, la vista, el tacto, el gusto. El resucitado está condicionado a la condición carnal. No es un fantasma, se toca y se palpa. Sigue siendo de carne y hueso y se le encuentra, no en el miedo y el pasmo, sino en la paz y la alegría, se le descubre en la mesa compartida, comiendo y bebiendo. Más aún: “a Jesús se le encuentra en el encuentro con lo humano”, en el cuidado de lo más humano y lo más dañado hoy de la condición humana: en la soledad, el dolor y la muerte.

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La irrupción definitiva de Dios en la historia: Jesús ha sido resucitado por el Padre.

Marcos (16,1-7) nos presenta, dentro de los diversos testimonios inconexos de las apariciones, a tres mujeres que se acercan al sepulcro; lo único que creen es que Jesús está muerto, por eso lo van a embalsamar, sencillamente un gesto de respeto hacia el cuerpo de Jesús. ¿Qué les preocupa, qué tienen en su mente? Que no tenían fuerzas para quitar la piedra del sepulcro, “quis revolvet nobis lapidem ab ostio”. A estas mujeres estas dificultades no las paralizan, el amor las mueve porque quieren embalsamar el cuerpo de un difunto; van cuando amanecía “orto ian sole”, se ponen en camino, muy temprano, y salen huyendo y temblando porque nada ha ocurrido como pensaban.

Vamos muy de negro a los sepulcros; la piedra está puesta delante, lápidas de diversos tamaños, colores y formas artísticas o rústicas, pero piedras. Muchas piedras ponemos delante, muchas dificultades que están en nuestra cabeza, es normal y real. La muerte es una realidad que se nos impone, como para pensar que tenemos que negar la evidencia, pero las cosas no van a resultar como nosotros las planteamos o pensamos. Nuestras razones pesan varias toneladas, son piedras que nos impiden acceder, en este caso, al sepulcro y necesitamos que alguien vestido de blanco nos sorprenda para decirnos: “no está aquí”. Dios sorprende, porque las cosas no son como nosotros creíamos. Y allí encontraron, dentro del sepulcro, un personaje que es clave, no tanto por su identidad, sino por el mensaje que nos va a comunicar de parte de Dios. Es tal la sorpresa que produce miedo y espanto, porque en un cementerio sólo hay silencio, silencio de muerte y mal olor.

Ante la muerte nosotros escuchamos también hoy las palabras de Jesús: “No tengáis miedo”. Necesitamos que nos saquen de nuestros sepulcros anticipados, en los que nos metemos “en vida”. Necesitamos que alguien nos indique el lugar donde pusieron a Jesús: vacío, sin cuerpo alguno. Esto no prueba nada, pero la intervención de Dios trastoca las expectativas y da paso a la fe de Pedro y su comunidad. La experiencia del encuentro con el Señor Resucitado no deja a nadie indiferente. Aleja el miedo y nos hace portadores de la experiencia del encuentro. A estas mujeres les invadió el miedo y el temblor, pero fue momentáneo, y salieron corriendo -“exeuntes, fugerunt”- a dar la Buen Noticia. Primero miedo y espanto, ahora alegría desbordante. Este encuentro les hizo, y nos hace, estar en éxodo permanente: para Cristo no hay territorios vedados.

Estamos en miedos, no sólo personales, sino colectivos, y no sólo a nivel  personal o local, sino mundial: la pandemia nos está haciendo vivir en una necrópolis mundial. Las lecturas nos hablan de la impaciencia por saber lo que ha ocurrido. ¿Sólo eso? ¿O también por lo que nos sucederá? Lo cierto es que cada día surge con la luz, pero termina con la oscuridad. Pasó con la muerte de Jesús, que oscureció la tierra.

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“Y Jesús, dando un fuerte grito expiró”.

Se acabó todo lo que Dios quería revelar al hombre, y comienza todo lo que el hombre está dispuesto a hacer con su vida respecto a este Dios y sus prójimos.

Este es Jesús, el amor desarmado de Dios. Nadie podía pensar algo así, el primero Pedro, y el resto, y… parece que hoy siguen muchos así: o esperando al Mesías o no esperando nada, ni a nadie, nihilistas. (Ateos: Paolo Flores d’ Aarcais, Fernando Savater, Michel Onfray, Gustavo Bueno, Richard Dawkins y Piergiogio Odifreddi, Bart D. Ehrman, Christopher Hitchens; y por otra parte con los agnósticos nihilistas M. Caccisiari, V. Vitiello, J. Derriba, W. Weischedel, E. Trías o P. Palanceros). Estos comparten con los “nuevos ateos” la afirmación de la finitud, pero se desmarcan de ellos reconociendo la existencia de una relación que está más allá de lo finito. En términos de maravilla, lucha, agonía, y ética o cuidado, estos últimos ya tienen bastante que ver con lo fundamental del Viernes Santo y con el silencio del Sábado Santo y una prudente distancia con respecto a la descolocante sorpresa y novedad del Domingo de Resurrección (Cf. Mtz Gordo).

Hace tiempo que ya fue dicho: “praedicamus Christum crucifixum: Judaeis quidem scandalum, Gentibus auten stultitiam” (escándalo para unos, necedad para otros). Los creyentes que estamos ahora enfrentados a la pandemia afirmamos, con convicción, que la revelación de Dios en Jesucristo no sólo es un acontecimiento que se encuentra más allá de los deseos y fantasías humanas, sino, sobre todo, un dato que rompe todas las expectativas posibles. Sencillamente está en las antípodas de todo lo desiderativamente razonable. Por ello, sorprende y descoloca.

A los que nos dejamos sorprender por este amor, quizás sólo nos quede, y ya es bastante, el estremecimiento y las lágrimas, como a Pedro. Para los creyentes Cristo crucificado es fuerza y sabiduría de Dios. Hoy, ante la pandemia, nos podemos encontrar, como Cristo, ante la soledad completa.

Llega la soledad de Jesús: “Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron” (v. 50). Soledad completa porque sólo “un joven lo iba siguiendo cubierto con una sábana. Le echaron mano, pero él soltando la sábana se escapó desnudo” (v.51). Todos han huido, abandonando a Jesús: traición, prendimiento y soledad. ¿Por qué? Porque se escandalizan de su debilidad, rechazan su camino y se dispersan. ¿No pasa hoy lo mismo? ¿Qué pasa hoy? Ante la pandemia, ante la muerte, ante la injusticia y desamparo de los débiles: huida, abandono, insensibilidad ante los que sufren. A este joven en cambio, que no escapa de Jesús sino de aquellos que quieren prenderle, pueden agarrar su sábana, sudario de sueño o de muerte, pero no apresarle a él, que aparece como signo del mismo Jesús que deja en la tumba el sudario, elevándose desnudo a su gloria.

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1. Qué ingratos somos con la muerte

Hay una especie de reflejo automático en la gente que acude a mis conferencias para hablar del sufrimiento. Un gesto tan inútil como incurvarse para rezar, a falta de redaños para arrodillarse. Sería, por utilizar una metáfora de la comunicación digital, como ponerse en la modalidad de triste para escuchar una conferencia sobre el dolor, algo impropio porque el dolor no es una categoría modal,  sino una ontología esencial. Habitualmente se piensa que la tristeza es un estado de ánimo, y sí lo es, pero no es un mero estado de ánimo. La tristeza es una manifestación de la pequeñez y de la debilidad y de la finitud de nuestra naturaleza. Lo que se necesita es hacer buen uso de las enfermedades o infirmezas, integrarlas en la existencia. En esa integración consiste la salud mental. Cuando alguien acude a mí diciéndome “doctor, sufro más que nadie en el mundo” le atajo con firmeza: “No presuma, por favor, vamos a ver qué le ocurre”.

Nadie es perfecto; todos somos “caedizos”, tropezamos incluso varias veces en la misma piedra, y esto quiere decir que no sólo estamos, sino que también somos firmemente no firmes. Exista Dios o no exista, nuestra propia finitud está inserta en la totalidad de los seres finitos. Ni siquiera Dios podría crear seres perfectos; si pudiera, eso ya sería por su cuenta, pero sobrepasa nuestra lógica. Todo lo existente, por el hecho de serlo, es finito, solo Dios es Dios, solo Él está alegre, sólo él es perfectum,  totalmente acabado, totalmente hecho, nada le falta, qué suerte ser Dios, algo inimaginable por principio para quien no lo es. A no poca gente le duele no ser Dios, por eso miente sobre su propia condición. Así que o la tomas o las dejas; pero si la tomas tómatela en serio con mucho humor.

El humor es la manifestación del amor, cuanto más humor más reconciliación con la realidad, razón por la cual a quien le falta amor también le falta realismo: le falta reírse de todo y de uno mismo con todos y con uno mismo, no contra todos, ni contra uno mismo. Nos irá mejor esta misma mañana si nos metemos en la cabeza que hoy nos va a doler algo, que hoy nos va a desagradar algo, que hoy estamos un poco más cerca de morir que ayer, que hoy es hoy, y que a cada día le basta su afán. Afanándonos hoy en la aceptación de la naturaleza caída, o no del todo levantada que cada uno de nosotros tiene, a mal tiempo buena cara. Evita también mucho sufrimiento manifestarse ante los demás y ante sí propio como uno mismo es, y no como uno quiere parecer que es; se descansa sin tanta fotogenia, no estando con la sonrisa de dentífrico, porque las lágrimas son una hermosura para presentarse, aunque en demasía impiden ver el sol: risas y lágrimas en este tiempo de turbación somos.

Si esto no lo entendemos estaremos todavía más enfermos de lo que estamos, como lo está demostrando esta larga psico/pandemia del COVID, que básicamente consiste en dejar a la gente inundada por el pánico a morirse. No he visto en ella la necesaria alegría en el afrontamiento de que la muerte pertenece a la vida, pero quien odia la muerte odia la vida que la sostiene y gracias a la cual y de la cual la muerte vive. No se puede, a la vez odiar a la muerte y amar la vida. Como enseñaban algunos filósofos estoicos, hay que tener en cuenta la muerte, anticiparla. Acaba de morir uno de mis mejores amigos con el que he vivido muchas aventuras militantes a lo largo de España, y nunca olvidaré que cada vez que nos tocaba dormir fuera por esas  carreteras  rezábamos a instancia suya al Cristo de la Buena Muerte. Al principio me chocaba; ahora entiendo que rezábamos al Dios de la vida, de la buena vida, o mejor, de la Vida Buena.

Dicho esto, mi mayor dificultad como terapeuta viene consistiendo en mi falta de capacidad para ayudar a que el paciente acepte la realidad, la propia y la ajena, que siempre está presidida por la finitud: nada hay más realista que la difiducia o la muerte de un ser amado, empezando por el amor a uno mismo.

Además de eso, hay no pocos momentos en los cuales este miedo a la muerte se transforma en hipocresía. Oigo, por ejemplo, en los duelos: “¡Ay, que no somos nada!”, “pobrecito, con lo bueno que era”. Pues no sería tan bueno como para no morirse, Señor mío; será usted quien no es nada, y en calzoncillos todavía menos, pues ha sido toda su vida un glotón, se ha querido comer todo y ahora viene con que no es nada; quienes probablemente no hayan sido nada habrán sido los que han estado al lado de usted, que les arrebató hasta el oxígeno.

En cualquier caso, si me duele tanto la vida, ¿por qué no intentó darla a los demás? No es una mala pregunta, aunque la haga un pequeño filósofo aficionado. Si la realidad es tan dura (la de los pobres, la mía, y hasta la del lucero del alba), ¿por qué no intento cambiar y ser mucho más bueno? Los golpes de pecho no sustituyen a la identidad cambiaria, de tanto golpe de pecho terminamos estropeándonos las mismísimas cervicales… Esta es la receta: cuidemos nuestras cervicales no golpeándonos tanto el pecho. No hagamos teatro, nada de escenificaciones colectivas, luctuosas, porque si no aceptamos la muerte tampoco aceptamos la vida; vida y muerte vienen en el mismo combo. Lado oscuro y lado luminoso, eclipse un poco siempre, se acabaron las antropologías dualistas. Resumiendo, si no fuésemos buenosymalos no seríamos nosotros; necesitamos mucha más misericordia también con nosotros mismos. Sí, el yo pecador es también yo amador. Esa y no es de cemento, no un pilar inmóvil, derrota hacia el mal y hacia el bien. 

2. El mal no es un misterio

Buena parte de mi vida he estado dándole vueltas al “misterio de iniquidad”, tanto que hasta llegué a considerarme el príncipe de las tinieblas. Pero resulta que al final el mal es lo más fácil de explicar, siempre que  abandonemos las explicaciones más oscuras. No hay misterio del mal, mysterium iniquitatis con el diablo al fondo. No es que no hagamos cada uno y entre todos el mal, digo tan sólo que el mal no es un misterio. El mal es el resultado inevitable de la finitud, aunque se pueda y se deba asumir con inteligencia terapéutica. Tampoco es que la parte mala sea buena, sino que la parte buena tiene su parte mala, lo cual, bien asumido, puede hace mejor a la parte mala. Ni somos tan buenos, ni tan malos, lo cual no significa que todos seamos iguales, igualmente ángeles o igualmente demonios. Parece un trabalenguas, pero no resulta tan difícil si  conservamos la calma, respiramos hondo, y actuamos con inteligencia. Y, como nuestro desasosiego no va a terminar antes por mucho que gritemos, gritemos menos y soseguémonos más. Hoy estamos un poco más muertos que ayer, pero menos que mañana, pero lo llevamos muy bien y tiene sentido aceptarlo si damos sentido a ese hecho, con lo cual la vida tiene sentido. La muerte sólo es la muerte cuando la muerte no tiene sentido porque se ha comido el sentido de la vida.

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¿Es de recibo esta palabra para nuestros contemporáneos? ¿Aborrecerse no va en  contra del amor a nosotros mismos, en contra de la autoestima necesaria para vivir como personas e hijos de Dios? En un mundo de narcisismo exacerbado como en el que vivimos, esta palabra suena a nuestros oídos como detestable, hiriente y, sin embargo, más necesaria que nunca. Estamos ante una declaración solemne y central de Jesús que nos explica cómo se producirá el fruto de una vida, el fruto de la vocación-misión: no se puede producir vida sin dar la propia. El egoísmo es la raíz principal de la ceguera humana que produce muerte. La vida es fruto del amor, y no brota si el amor no es pleno, si no llega al don total. Jesús afirma que la muerte es la condición para que se libere toda la energía vital que contiene (el grano caído en tierra produce mucho fruto). El fruto comienza en el mismo grano que muere. Estamos muriendo constantemente por amor, pero se puede morir y dar muerte por odio. ¿Qué frutos producirá mi muerte? La respuesta ya te la ha dado Jesús. Hoy, en el acercamiento a los alejados, a los no creyentes, a los pobres, nos hablan ya del anticipo y de una promesa de fecundidad, y ésta va a depender, no de nuestros sermones, sino de una muestra extrema de amor.

Dar la vida por amor no es una pérdida, sino su máxima ganancia;  no significa frustrar la propia vida sino llevarla al éxito. El orden injusto infunde temor, éste es su arma. Quien no teme ni a la propia muerte, se desarma, es soberanamente libre y está libre para amar totalmente. El apego a la propia vida lleva al fracaso. La única línea de desarrollo para el hombre es la actividad del amor. Lo contrario sabemos dónde nos lleva: a las abdicaciones y a acabar cometiendo injusticias.

Jesús nos muestra la sabiduría ante la vida: olvidarse del propio interés y seguridad, trabajando por la vida, la dignidad, la libertad del hombre, en medio y a pesar del sistema de muerte. Por esto el mundo nos va a odiar. Jesús se declara dispuesto, en el enfrentamiento último, a dar su propia vida, y así muestra la grandeza y la fuerza de su amor, que es el de Dios mismo. Y esto nos dice que la entrega exige fe en la fecundidad del amor. ¿De qué amor hablamos?

¿Cómo miramos nuestra vida? ¿Y la de los demás? Lo más triste de este mirar a los demás es cuando lo disfrazamos de amor, llegando a utilizar a la persona o cosa amada para nuestro propio gozo. En realidad, algunos vamos por la vida atrapando, pues queremos para ser queridos. ¡Qué pena de parejas que sólo buscan esto! Están ciegos, y esta ceguera placentera, breve e inútil, transitoria, permanece hasta que se agosta, porque pone los ojos en la persona amada como un espejo donde buscamos vernos a nosotros mismos, y así nos vemos crecidos, y convertimos al otro en un instrumento; convertimos a los demás en amplificación de nuestro yo, incluso podemos creer que amamos a Dios cuando, en realidad, simplemente lo usamos, no lo amamos a Él, sino simplemente el fruto que de Él esperamos.

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