Habéis leído bien, Teresa, nuestra hermana de comunidad, ha ganado el II premio de Ensayo Teológico Joven de PPC, con una obra titulada “La necesidad de hacerse pobre en la vocación laical”.

Dicho concurso nació con el objetivo de descubrir aquellos valores emergentes del ámbito teológico que puedan ser más valiosos de cara al futuro y el jurado, que le ha concedido el galardón por unanimidad, destaca que la autora “traza de una manera magistral la justificación bíblica y eclesiológica de estos núcleos temáticos en torno a la pobreza y el laicado”.

El jurado del II Premio de Ensayo Teológico Joven PPC (compuesto por Pedro Ignacio Fraile Yécora, Fernando Rivas Rebaque y Pedro Barrado Fernández, actuando como secretario Pedro Miguel García Fraile) concedió el premio por unanimidad: “La obra ha sido seleccionada porque conecta con dos ejes transversales de la teología del papa Francisco: la atención a la vocación laical en la Iglesia y su fuerte llamada a vivir en una Iglesia pobre para los pobres, explicado de una forma clara y rigurosa”.

“Al jurado le ha parecido –continúan– que la autora traza de una manera magistral la justificación bíblica y eclesiológica de estos núcleos temáticos en torno a la pobreza y laicado. El trabajo aterriza en una serie de aplicaciones prácticas para las comunidades eclesiales. Humildad, comunión de bienes, fraternidad, sencillez de vida y gratuidad son las concreciones de esa opción preferencial por los pobres que volvió a subrayar la V Conferencia General del CELAM en Aparecida y que la autora pone de manifiesto”.

Leer más:

Nota de prensa de PPC

Artículo en Europa Press

Artículo en SM

Artículo en Vida Nueva

Artículo en Diócesis Málaga

Artículo en Diario Sur

Entradas relacionadas: Vivir la vida como manifiesto en este ensayo no es perderla, sino ganarla.

10.

Nosotros recibimos del Espíritu un impulso, una fuerza, una forma peculiar de seguimiento de Jesús, con la seguridad de ser una aportación a la Iglesia, que no es nueva, pero sí que necesita renovarse: recuperar el sentido de una Iglesia Comunión de comunidades. ¿Cuál es esa inspiración del Espíritu que la Iglesia ha reconocido?

9.

La vida impone normas que determinan una forma y un determinado orden en la convivencia. Eso impone fronteras, exige renuncias y límites, así como disciplina. En un principio nos parecen evidentes y las aceptamos, pero luego se llega al malestar, al descontento y al hastío, a la protesta que lleva intentonas de emancipación y de liberación, y de romper y abandonar la vida de la comunidad, sentida como estrechez, y a probar y propagar un estilo alternativo de vida. Y todo esto, ¿a qué viene en la fiesta de Pentecostés?

1. Tenemos que morir, y esta crisis sanitaria ha demostrado que, si lo sabíamos, no lo creíamos. Siempre se morían ellos, ahora también yo.

2. Nunca antes se había visto tanto pánico a nada. Cuando hablo de pánico, hablo de una inversión absoluta de la objetividad y de una conturbación de la capacidad afectiva de las masas, que han perdido el juicio y la perspectiva. El gallinavirus: todos descabezados corriendo los últimos metros antes de morir.

3. Dejando aparte el comportamiento de otros países, en España se ha evidenciado la escasez de recursos intelectuales, ideológicos o religiosos del ciudadano “escolarizado” para afrontar el analfabetismo antropológico y el inmanentismo. Fracaso educativo en toda regla.

4. El coronavirus ha vuelto a poner de relieve la mentalidad preconvencional de las personas y de las familias (“para mí, para mí y para mi familia”). La gente se tapa como puede y se embozala según prescripción, pero no va a cambiar de hábitos de vida. Yendo yo caliente, ríase la gente

5. El ansia por pasar de fase en fase hasta la fase final es la playa, el chiringuito, la cerveza, y el regreso al dorado chalet, todo lo que constituye las expectativas hedonistas del burgués y de la burguesía.

6. La piedad necrofílica ha brillado una vez más en las banderas con crespones luctuosos. Es más fácil llorar a los muertos que luchar contra lo que mata y que compartir el dinero con los empobrecidos.

7. También se ha puesto de relieve la incapacidad cognitiva para procesar lo que no sean las costumbres rebañegas, por ejemplo, para afrontar la problemática ecológica que todos miran sin horror, como si ya formara parte del habitual paisaje.

8. El tiempo no cura los virus. Vendrán más virus que matarán más y nos harán más infelices. Por otra parte, muchos te llamarán agoreros si les recuerdas que el tiempo no es elástico ni infinito, y que tiene un término, un apocalipsis en el sentido griego del término, y que hay que actuar ayer.

9. ¿Acaso van a poner el cascabel al gato vírico los apoyos económicos de China, USA, Europa? ¿Abandonarán para ello sus luchas armamentísticas, su perversa polución planetaria, su darwinismo social? La incapacidad crítica de las personas les lleva a aplaudir a quienes arrojan primero la bomba y luego las tiritas y la mercromina para sanar las heridas.

10. Los virus son el rostro visible del caos global de la humanidad y del humanitarismo. No hay peor virus que el ser “humano”.

Este decálogo intempestivo displacerá a quienes juegan en las ligas locales, para los cuales seré de nuevo un supremacista despectivo y un contradictorio performativo, pues ¿cómo puede escribir estas cosas alguien que se dice personalista comunitario? Lo acepto, ya estoy acostumbrado.

En cualquier caso, quien haya llegado hasta aquí tiene tres opciones. La primera, despreciarme por enemigo de la humanidad y mandarme mudar, como dicen en Cuba y en Canarias.

La segunda, si le place aunque no le complazca, leer lo que he ido publicando al efecto en web@mounier.org a razón de un artículo por día desde que amaneció la pandemia (pandemia: afección de todo el pueblo), para de este modo hacerse cargo más detenidamente de mi forma de argumentar, al fin y al cabo, es gratis. La tercera, leyendo los tres libros que he escrito sobre esto mismo en estos tres meses: En las cimas de la desesperación. El miedo a vivir; Estos días llenos de noches. Un planteamiento ético sobre la pandemia, ambos ya editados en Editorial Sinergia, Guatemala, este mismo mes, y que pueden adquirir pidiéndomelo porque he de venderlo si quiero seguir publicando, y el tercero, en imprenta y próximo a salir en unos días, De otro modo. Los vendo baratos.

¿Que esta misma invitación puede parecerles una chulería intolerable a quienes no me quieren ver ni en pintura? Mi hijo Charly, que es muy bromista, en respuesta a un comentario mío sobre por qué siempre volaba en primera, me contestó: “¿Ah, pero hay otra clase? Es que yo he visto siempre una cortinilla a mis espaldas, y no he tenido curiosidad de correrla”… Y ahora más en serio. Esta misma mañana del 26 de mayo del 2020 recibo un mail del sociólogo Amando de Miguel que me ha reconfortado mucho y dado fuerzas, porque un buen comentario vale más que un millón de malos comentarios: “Querido Carlos. Sublimes tus artículos. A veces me pierdo con tus anfractuosidades cultísimas, pero admiro tu prosa y tu alma. Aprendo mucho”.

Carlos Díaz.

Hermanos: estamos en la fiesta gozosa de Pentecostés que aleja todos los miedos y nos lanza libres de egoísmos a la realidad humana previamente asumida. No hay lugar para los calculadores, mediocres y para los que no creen que el  Espíritu siempre se sale con la suya, siguen “encerrados en sus ideas”, en sus cálculos, en su futuro, en una palabra: no se fían. ¿De quién? De los hermanos que Dios les ha dado, olvidando que es Jesús quien nos ha dado su Espíritu, que nos ha hecho hijos y hermanos.

          Es la fiesta de Pentecostés. Hoy nos reunimos para pedir al Espíritu que reavive la misión, la misma que el Espíritu encarga a los apóstoles encerrados por miedo, amenazados por el fracaso según lo humano, pero ni fue, ni es así. La novedad y frescura de Pentecostés es la novedad y frescura de la misión de la Iglesia. Una misión que se hace desde la alegría. ¡Cristo vive para siempre!

          La primera constatación es que estamos necesitados de Espíritu, para que a unos nos saque de la frialdad y nos dé fuego que arda en nuestros corazones,  otros necesitarán esperanza y todos fe. ¿A nosotros qué nos falta? ¿Qué necesitamos que nos regale el Espíritu? Fe.

          Hay algo que manifiesta que la fe se está perdiendo o está perdida: lo que no se puede practicar, ni es verdadero ni es justo. Es así que la comunidad cristiana es una utopía irrealizable, luego se abandona. Esta afirmación no tiene en cuenta la diferencia que hay entre “mente que hay que purificar” y “mente espiritual”, la distinción entre hombre viejo y hombre nuevo (converso) y, sobre todo, no tiene en cuenta ni la gracia ni quién es el protagonista: el Espíritu. No es más que la aparición de un inevitable dualismo que va tomando fuerza en la medida en que la fe se ha reducido a un mundo intelectual psicológico.

          Pentecostés nos saca de nosotros para poner en el centro la fe cristiana:  “Recibid el Espíritu Santo”. Cristo viene a nosotros por medio del Espíritu Santo. Su cuerpo eclesial es Sôma Pneumatikós, el cuerpo pneumatizado, en el que la vida para la muerte se transforma en vida para el Espíritu. Cristo ha hecho a la criatura capaz de ser por él “pneumatófera”, portadora de su Espíritu. El cuerpo eclesial, como el de Cristo, está ungido, por esto los miembros de este cuerpo, llegan a ser otros cristos salvados-salvadores, puestos aparte para trabajar en la salvación del mundo. Somos otros cristos y formamos con Él un solo cuerpo.

          Quien no cree en la Iglesia, su Cuerpo, peca contra el Espíritu. Porque Cristo está en el cuerpo eclesial, de la misma manera que el Espíritu está desde toda la eternidad en el Hijo. A la Iglesia se pertenece, sí, por el bautismo, pero el bautismo nos vinculó a una comunidad concreta, y sin esta pertenencia mi seguimiento a Cristo al margen de su cuerpo, que es la Iglesia, no es posible. La ausencia de esta fe viva sabemos lo que produce: una fe cansada, adormecida, débil, empobrecida. En la confirmación nos impusieron las manos, con estas palabras: “accipe Spiritum Sanctum ad robur” -recibe el Espíritu Santo para que te fortalezca-. La expresión latina tiene más fuerza.

          Cuando no acepto esta realidad en mí, y la contradicción crece, para salir airoso echo la culpa a los que forman la Iglesia, la comunidad, para decir que me voy porque la Iglesia, la comunidad a la que pertenezco y estoy llamado a construir con la fuerza del Espíritu, no es ejemplo. ¿Tengo presente que es el Espíritu Santo el que guía a la Iglesia, que la Iglesia es obra del Espíritu? Y por tanto, ¿tengo presente que es Él el que guía mis decisiones, mi visión sobre la realidad?

          Seamos honrados. La fe mueve montañas, pero si no tengo fe, no muevo nada, no movemos nada, y hasta nosotros estamos parados, algunos de larga duración… La prueba es clara: la fe es fuerza para las decisiones, luz para la vida en los momentos de oscuridad. ¡Acuérdate del amor primero!

          Pidamos al Espíritu que nos conceda el don de la fe, fe en la vocación recibida, fe en la comunidad, fe en los hermanos, fe en lo que hacemos y hacen los demás, fe en que es Él quien guía la Iglesia, fe en que los frutos se los ha reservado él. Fe. Fe, y entonces, y sólo entonces, moveré, moveremos montañas como el Espíritu sugiera. Amén.

Francisco.

8.

En la Comunidad la perniciosa ideología de afán burgués de la seguridad refrena al Espíritu vivo de Dios. Pentecostés se nos presenta como fuerza y vitalidad, como pasión por Dios, por Jesucristo muerto y resucitado. No podemos ser instrumento que contribuya al nacimiento y a la corrupción a la que lleva el hombre burgués. El hombre burgués se expande en la Iglesia, y trata de aclimatar en el ámbito eclesial los ideales de la debilidad humana: propiedad, poder, confort, seguridad… ya estamos casados, tenemos trabajo, nuestros hijos, tenemos posibilidades económicas, ¿para qué vamos a estar vinculados a los que nos privan de hacer lo que queramos, con nuestro dinero, nuestra familia, nuestros viajes, nuestros gastos sin controles de economía y pobreza…? La acedia tiene unos signos evidentes: el agotamiento y el cansancio de la pasión por Dios y, en lugar de la frescura de vivir la energía creativa, aparece la falta de impulso y hastío de la vida en la Iglesia con sus consecuencias. ¿Qué pasa? Que uno no aguanta más, y por hastío y aburrimiento abandona la comunidad, el matrimonio… Uno se irrita, ya no se encuentra a gusto y desearía con toda el alma mandarlo todo a paseo y comenzar de nuevo ¡qué engaño! Esta crisis, con reacciones de fuga, en el fondo es una crisis de fe o, también, puede ser una crisis liberadora, una oportunidad de maduración en la segunda mitad de la vida.

7.

Cuando nos olvidamos de los orígenes y de quién es el que construye la Iglesia, en nuestro caso la Comunidad Asís -iglesia doméstica-, esta pierde su razón de ser, su fuerza y testimonio. Ante el burgués, hasta el Espíritu de Dios se encuentra perdido: no halla entrada alguna.

Se acercaba Pentecostés y pronto la fuerza del Espíritu llenaría la existencia de aquellos hombres y mujeres que por miedo no salían. ¿Qué ocurrió? Pues que ya no habría más miedo sino un gran ¡aúpa! de Dios que les empujó a construir Iglesia. Nos ocurre a nosotros cuando dejamos que el Señor actúe en nuestra vida. Siendo lo que somos, pobres, débiles y pecadores, Él lo transforma todo para que se vea que realmente ha resucitado y no se ha ido.  

Jesús no se va, está con su Espíritu junto a nosotros, como al principio que “aleteaba sobre las aguas” y, sabiendo que está ahí, ¿quién no es capaz de dejarse en manos de ese Espíritu? ¿de ese Espíritu que es fuego?

A pesar de las dificultades sabemos que Él prometió una medida rebosante, medida que nos ha derramado en nuestro ser, Su Corazón nos atrae hacia Él para que cada día entreguemos todo lo recibido, para que estemos al lado del que sufre inclemencias, del pobre, del cansado y agobiado, cobrando así sentido nuestra vida.

Sí, un Corazón como el de Él no nos deja en la miseria diaria, nos promete más y nos regala más, junto a otros, en pan, casa y palabra compartida. Así, cada día, aprendemos a cambiar nuestra mirada, a abrir nuestra vida y dejarnos en sus manos.

Hoy, en nuestros 19 años de casados, puedo decir que el Señor nos ha regalado su cuidado amoroso y providente y nos empuja cada día a celebrar la fiesta de la Vida y del Amor. Hemos sido bendecidos con nuestros cuatro hijos a los que día a día les hacemos ver que nunca estamos solos ni abandonados porque “nos acompaña la bondad de un Dios padre maternal que no nos pierde de vista” ¡qué regalo ver a nuestros hijos alrededor de la cruz rezando! ¡qué alegría verlos cómo crecen metidos en el mundo, pero críticos, como todos los jóvenes, pero llenos de esperanza hasta dentro!

Y ¡qué gran regalo el poder tener no solo un marido, sino un hermano! Ambos sacados y salvados de nuestras miserias y levantados en la dignidad de sabernos Amados por Él primero. Ambos luchando día a día por hacer un mundo más fraterno, compartiendo lo que somos con los demás, con el corazón hinchado de gozo o con el corazón destrozado, pero fieles porque… las promesas del Señor no caen en balde.

Naty Checa